Portada del libro para colorear de Tenerife

Guacimara y Ruymán: dos retratos bajo el Teide

Cuento de Tenerife para leer en voz alta. Lo narra el Drago.

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Capítulos
7

Capítulo 1
La niña de la niebla

Shhh… Acércate. Un poquito más. Ahí, justo ahí.

Soy el Drago, un árbol muy viejo. Tengo el tronco gordo y arrugado, como la mano de un abuelo, y las ramas abiertas como un paraguas grande. Mis hojas, largas y puntiagudas, se rozan con el viento y dicen fiu, fiu.

¿Que cuántos años tengo? Uf. Tantos que no me caben en los dedos, ni en los tuyos ni en los míos, y eso que yo tengo muchísimas ramas. Hoy te voy a contar algo que pasó en mi isla, que se llama Tenerife.

Tenerife está en medio del mar Atlántico. Hace muchísimo tiempo vivían aquí unas personas a las que llamamos guanches. Cuidaban cabras, comían gofio y miraban al cielo para saber cuándo iba a llover. Eso último lo hacían muy bien, mejor que yo, que me entero de la lluvia cuando ya me está mojando.

En una punta de la isla, arriba del todo, hay unas montañas verdes que se llaman Anaga. Y en Anaga crece un bosque que se llama el monteverde.

Cierra los ojos un momento, que te lo enseño. Es un bosque de laureles, con hojas tan brillantes que parecen recién lavadas. En las piedras hay musgo blandito, como una alfombra para hormigas. Los helechos parecen plumas de una gallina gigante. Y casi siempre hay niebla.

La niebla entra despacito entre los árboles, blanca y suave, como un algodón mojado. Al pasar deja gotitas en las hojas, y las gotitas caen: plic… plic… plic.

En ese bosque de niebla vivía una niña. Bueno, una joven, ya mayorcita. Se llamaba Guacimara.

Te la voy a describir bien, para que la puedas pintar en tu cabeza.

Guacimara tenía un lunar pequeñito y oscuro justo aquí, en medio de las cejas. A ver, tócate tú ahí. Eso es. Llevaba el pelo largo, recogido en trenzas, y en las trenzas se ponía cuentas de barro, redondas, que hacían clic-clic cuando corría. Vestía un tamarco, que es un vestido hecho de piel. El suyo era de gamuza suave, con triángulos rojos pintados de almagre. El almagre es una tierra tan roja como un tomate, y sirve para pintar. Del cuello le colgaba un collar de cuentas con dos conchas del mar.

Clic-clic, hacían las trenzas. Tin-tin, hacían las conchas.

Así que cuando Guacimara corría por el bosque, se la oía llegar mucho antes de verla.

Cada mañana subía con las cabras. Las cabras de Anaga son listas y saltan por las rocas como si llevaran muelles en las patas: tip, tap, tip, tap. Y dicen: ¡meeeee!

A ver tú. ¡Meeeee! Te ha salido una cabra estupenda.

—Vamos, cabritas —decía Guacimara—. Vamos a comer hierba fresca.

—¡Meeeee! —contestaban las cabras.

Había una cabrita pequeña, blanca, con una mancha negra en la oreja, que siempre se iba por donde no debía. Guacimara la llamaba Chiquita, aunque comía como una grande.

A Guacimara le gustaba oler las hojas de laurel y tocar el musgo con la punta de los dedos. Pero lo que más le gustaba del mundo era mirar a lo lejos.

Desde lo alto de Anaga, cuando la niebla se abría un poquito, se veía una montaña enorme, la más alta de todas. Algunas veces tenía la punta blanca, como si se hubiera puesto un gorro de lana.

—¿Qué habrá allí? —se preguntaba Guacimara—. ¿Quién vivirá al otro lado de la montaña?

Esa montaña se llama el Teide. Los guanches la llamaban Echeyde.

Guacimara todavía no lo sabía, pero al otro lado de esa montaña había alguien mirando hacia ella y preguntándose lo mismo.

Vamos a buscarlo. Despacito, que el camino es largo y yo tengo las raíces muy pesadas.

Capítulo 2
El niño de los pinos

Al otro lado de la isla hay un valle grande que baja desde la montaña hasta el mar. Se llama Taoro.

En la parte alta del valle, donde el aire es fresco, crecen los pinos canarios. Son altísimos, con troncos gruesos y agujas largas, y cuando sopla el viento se ponen a cantar. Así: shhhhhh… shhhhhh… Suenan como el mar, pero sin mojarse.

El suelo del pinar huele a resina y está cubierto de agujas secas, que crujen al pisarlas: cric, crac, cric, crac.

En ese valle vivía un joven que se llamaba Ruymán.

A él también te lo describo.

Ruymán tenía una muesca en la ceja izquierda, un huequito pequeño sin pelo. Se la hizo de chico, saltando entre las piedras, y ahí se le quedó para siempre. Llevaba una sola trenza, corta, que le botaba en la espalda cuando andaba. Su tamarco era tostado, color de pan, y tenía chevrones pintados. Los chevrones son rayitas en forma de pico, así: uve, uve, uve. Como las montañas que dibujas tú cuando dibujas montañas.

Y debajo del brazo, siempre, llevaba un rollo de piel atado con una tira.

Lo que había dentro, ya te lo contaré.

Ruymán era de esos que se paran a mirarlo todo. Las piñas. Las hormigas que cargan migas más grandes que ellas. Las nubes con forma de perro. Pero sobre todo miraba a los pájaros.

En el pinar de Tenerife vive un pájaro que no vive en ningún otro sitio del mundo: el pinzón azul. Es azul como el cielo de la mañana, con un poquito de gris, y tiene el pico fuerte para abrir las piñas y sacar los piñones. Canta así: ¡chuí, chuí, chuí!

Dilo conmigo, que a ti te sale más bonito. ¡Chuí, chuí, chuí!

Un pinzón venía a ver a Ruymán todas las mañanas, siempre a la misma rama. Era su amigo a medias, porque un pájaro no es de nadie.

—Buenos días, pinzón —decía Ruymán.

—¡Chuí! —contestaba el pinzón.

—¿Qué has visto hoy desde arriba?

—¡Chuí, chuí!

Ruymán se reía. No entendía el idioma de los pájaros, pero se imaginaba que el pinzón le traía noticias de muy lejos: que si una nube enganchada en un risco, que si una ballena en la costa.

Desde Taoro el Teide se veía grande y muy cerca. Parecía un abuelo sentado, mirando el valle sin ninguna prisa.

Ruymán miraba la montaña y pensaba:

—¿Qué habrá al otro lado? ¿Habrá otros bosques? ¿Habrá alguien que mire la montaña como yo?

Mira tú por dónde. A muchos días de camino, una joven con dos conchas en el cuello estaba pensando exactamente lo mismo.

Ruymán tenía un don: sabía pintar. Usaba carbón negro, del fuego, y almagre rojo, y pintaba sobre trozos de piel bien lisos y bien limpios. Pintaba cabras, pinos, y al pinzón azul cuando se estaba quieto, que era poco. Luego enrollaba los dibujos y los guardaba.

Una tarde estaba sentado bajo un pino. El sol se iba despacito y el cielo se ponía naranja. El pinzón bajó de su rama y se posó a su lado.

—¡Chuí!

—¿Sabes qué, pinzón? —dijo Ruymán—. Me gustaría tener un amigo al otro lado de la montaña. Pero está muy lejos. ¿Cómo voy a saber quién vive allí?

El pinzón ladeó la cabecita, primero a un lado y luego al otro, como hacen los pájaros cuando están pensando.

Y a Ruymán, mirándolo, se le ocurrió una idea.

Capítulo 3
Retratos de carbón y almagre

La idea era esta.

Ruymán cogió un trozo de piel nuevo, lo estiró y lo alisó con la mano: frota, frota. Luego cogió un palito de carbón y se fue a un charco quieto, para verse la cara en el agua.

—Me voy a pintar a mí mismo —dijo—. Así, quien vea mi dibujo, sabrá cómo soy.

Y se puso a pintar.

Primero la cara, redonda. Raaas, hacía el carbón. Luego los ojos, la nariz y la ceja izquierda con su muesca. Luego la trenza corta. Después mezcló el almagre con un poquito de agua y pintó los chevrones del tamarco: uve, uve, uve.

En una esquina dibujó un pino, y en el pino un pajarito. El pajarito le salió rojo, porque solo tenía rojo y negro. Pero tú y yo sabemos que era el pinzón azul.

—Ya está —dijo Ruymán—. Este soy yo.

A un dibujo así, de una persona, lo llamamos retrato.

Ahora faltaba lo más difícil: hacerlo llegar al otro lado de la isla.

En aquel tiempo no había carteros ni teléfonos. Lo que había eran pastores. Los pastores caminaban mucho con sus cabras, de un sitio a otro, buscando hierba buena, y cuando se encontraban en los caminos se contaban las novedades.

Había un pastor viejo, de barba blanca, que iba de Taoro a Anaga. Ruymán lo conocía.

—Pastor —le dijo—, ¿puedes llevar esto al otro lado? Dáselo a alguien que mire la montaña desde lejos.

El pastor sonrió.

—Lo llevaré —dijo—. Los caminos son largos, pero mis piernas son fuertes.

Y se fue con sus cabras: tip, tap, tip, tap. ¡Meeee!

Pasaron muchos días.

El pastor cruzó barrancos y lomas. Subió y bajó. Durmió debajo de las estrellas, y una noche de viento, debajo de una higuera. Y una mañana de niebla llegó al monteverde de Anaga. Plic, plic, hacían las gotitas.

Entre los laureles oyó un ruido que se acercaba: clic-clic, tin-tin. Clic-clic, tin-tin.

Ya sabes tú quién era.

—Niña —dijo el pastor—. ¿Tú miras la montaña grande desde lejos?

—¡Sí! —dijo Guacimara—. ¡Todos los días!

—Entonces esto es para ti.

Guacimara desató la tira y abrió el rollo despacito, como quien destapa un nido.

Dentro había una cara pintada con carbón negro y almagre rojo. Un joven con una trenza corta, una muesca en la ceja y un tamarco de picos. Y en la esquina, un pino con un pajarito colorado.

—¡Oh! —dijo Guacimara—. ¿Quién es?

—Se llama Ruymán —dijo el pastor—. Vive en Taoro, en el valle de los pinos. Quiere saber quién vive al otro lado de la montaña.

A Guacimara se le escapó una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Yo también quiero saberlo! —dijo—. Espera, pastor. No te vayas todavía.

Y salió corriendo. Volvió con un trozo de piel, carbón del fuego y su almagre rojo.

Se sentó en una piedra con musgo, se miró en una charca de agua de lluvia y empezó a pintar.

Raaas, hacía el carbón.

Pintó su cara y sus trenzas largas, con las cuentas redondas. Pintó el lunar entre las cejas, y le quedó un poco torcido, pero no le importó nada. Pintó el collar con las dos conchas y, con el almagre, los triángulos rojos del tamarco.

En una esquina pintó un laurel. Y a su lado, una cabrita con una mancha en la oreja.

—¡Meeee! —dijo Chiquita, que no le quitaba ojo.

—Sí, Chiquita, eres tú —se rió Guacimara.

Todavía le quedaba sitio abajo. Pintó la montaña grande, el Teide. Y al lado de la montaña, una flor alta, alta, roja.

—¿Y eso? —preguntó el pastor.

—Es un mensaje —dijo Guacimara—. Quiere decir: «Nos vemos en la montaña cuando florezcan las flores rojas».

El pastor enrolló la piel, la metió en el zurrón y se rascó la barba. Él no tenía ni idea de qué flor era aquella. Ruymán sí que lo sabría.

Capítulo 4
El camino hacia la montaña

El pastor volvió a caminar. Tip, tap, tip, tap. De Anaga a Taoro, por barrancos y lomas, hasta que un día llegó al pinar, donde los pinos cantan: shhhhhh…

Ruymán abrió el rollo y allí estaba Guacimara: su lunar un poco torcido, sus trenzas, sus triángulos rojos, su cabrita. Y abajo, la montaña y la flor roja.

—¡Ya sé lo que dice! —gritó Ruymán—. ¡Quiere que nos encontremos en la montaña, cuando florezca el tajinaste rojo!

El tajinaste rojo es una planta que solo vive allá arriba, cerca del Teide. Crece altísima, más que tu papá, más que tu mamá, más que tu papá subido encima de tu mamá. Parece una torre hecha de flores pequeñitas, todas rojas y apretadas. Florece cuando llega el buen tiempo, con el calor de la primavera, y entonces las abejas se vuelven locas de contentas: bzzzz, bzzzz.

Ruymán esperó el buen tiempo. Miraba la montaña cada día.

—¿Ya, pinzón? ¿Ya florecen?

—¡Chuí!

—Todavía no, ¿verdad?

Hasta que una mañana el aire amaneció tibio y el sol salió más temprano que de costumbre. Ruymán olfateó el viento como un perrito.

—¡Ahora sí!

Metió en un saquito el rollo con el retrato de Guacimara, un puñado de gofio por si le entraba hambre y un cuenco de barro con agua. Y echó a subir.

Subió por el pinar. Cric, crac, hacían las agujas bajo sus pies. Los pinos cantaban por encima de su cabeza, y el pinzón azul iba con él, de rama en rama.

—¡Chuí! —decía el pinzón, un poquito más arriba.

—¡Voy! —decía Ruymán.

—¡Chuí! —decía el pinzón, otro poquito más arriba.

—¡Que ya voy, hombre!

Cualquiera habría dicho que el pajarito le estaba enseñando el camino. A lo mejor era verdad.

Mientras tanto, al otro lado de la isla, Guacimara también se preparaba. Dejó las cabras con su familia. A todas menos a una.

—¡Meeee! —dijo Chiquita, y se le pegó a los talones.

—Está bien, Chiquita. Vienes conmigo. Pero tienes que portarte bien.

—¡Meeee!

Chiquita no prometió nada. Las cabras nunca prometen nada.

Guacimara llevaba el retrato de Ruymán bien guardado, y también gofio y agua. Y se puso a caminar.

Primero bajó del monteverde, y las gotitas de los laureles le dijeron adiós: plic, plic. Luego anduvo por lomas y barrancos, muchos días seguidos. Por las noches dormía en cuevas abrigadas, con Chiquita acurrucada a su lado, roncando un poquito. Y cada mañana la montaña estaba más cerca y era más grande.

Un día subió tanto que le pasó una cosa maravillosa.

Se metió en la niebla, como en su bosque. Todo blanco. Todo suave. No se veía ni la punta de la nariz. Siguió subiendo, paso a paso, con una mano en el lomo de Chiquita para no perderla. Y de repente… ¡la niebla se acabó!

Guacimara miró hacia abajo y vio un mar blanco y blandito, quieto, como una manta enorme tapando la isla. Era un mar de nubes.

—¡Oh! —dijo Guacimara—. Estoy encima de las nubes.

Encima de las nubes, fíjate tú.

En Tenerife eso pasa de verdad. Cuando subes mucho, a veces dejas las nubes abajo y arriba te encuentras el sol.

Y allí estaba el sol, grande y amarillo, calentito. Los guanches lo llamaban Magec.

—Buenos días, Magec —dijo Guacimara, con los ojos entornados.

Magec le calentó las mejillas, que todavía las tenía frías de la niebla.

Guacimara siguió subiendo. Ya no había laureles. Había piedras negras, marrones y rojizas, y arena de muchos colores. Había también unos arbustos redondos como cojines, llenos de florecitas blancas, que daban ganas de sentarse encima. Pero pinchaban un poco, así que mejor no.

Al fondo se veía algo rojo, muy alto.

—¡Chiquita, mira! —dijo Guacimara—. ¡Las torres rojas! ¡El tajinaste!

—¡Meeee! —dijo Chiquita.

Y las dos echaron a correr.

Capítulo 5
El encuentro entre las flores rojas

Al pie del Teide hay un sitio grande y llano, como un patio de piedra enorme rodeado de montañas. Hoy lo llamamos Las Cañadas.

Ese día Las Cañadas estaban llenas de tajinastes rojos, uno aquí y otro allá. Parecían velas encendidas. O bailarines muy quietos, esperando a que empezara la música.

Las abejas zumbaban: bzzzz.

Guacimara llegó corriendo, clic-clic, tin-tin, con Chiquita detrás: tip, tap, tip, tap.

Se paró junto al tajinaste más alto. Miró a un lado. Miró al otro.

Nadie.

—¿Habrá venido? —preguntó Guacimara.

—Meee… —dijo Chiquita, bajito.

Guacimara se sentó en una piedra a esperar. El viento soplaba suave y Magec brillaba arriba. Chiquita se puso a mordisquear una cosa que seguramente no debía.

Entonces lo oyó.

—¡Chuí! ¡Chuí! ¡Chuí!

Un pajarito se posó en una piedra, azul como el cielo de la mañana.

—¡Hola, pajarito! —dijo Guacimara—. ¿De dónde vienes tú?

—¡Chuí!

Detrás del pajarito, entre dos tajinastes, apareció un joven. Tenía una trenza corta y un tamarco color de pan con picos pintados. Llevaba un rollo de piel bajo el brazo.

Los dos se quedaron quietos, mirándose. Tan quietos que una abeja se posó en el hombro de Ruymán y él ni se enteró.

Guacimara le miró la ceja izquierda y vio la muesca.

Ruymán le miró la frente y vio el lunar, justo entre las cejas.

—¿Guacimara? —preguntó Ruymán.

—¿Ruymán? —preguntó Guacimara.

Los dos sacaron sus rollos de piel a la vez, los abrieron y cada uno levantó el retrato que llevaba al lado de la cara del otro.

¡Eran iguales! El lunar, la muesca, las trenzas. Hasta los triángulos y los chevrones.

Se echaron a reír. Ja, ja, ja. Ji, ji, ji.

—¡Eres tú! —dijo Guacimara.

—¡Y tú eres tú! —dijo Ruymán.

—¡Meeeee! —dijo Chiquita.

—¡Chuí! —dijo el pinzón.

Y se rieron más todavía, porque ahora parecía que la cabra y el pájaro también se estaban presentando.

¿Te ha pasado alguna vez? Conoces a alguien en el parque y a los cinco minutos ya estáis jugando como si os conocierais de toda la vida.

A ellos les pasó eso. Claro que tenían ventaja: llevaban muchos días mirándose en un dibujo.

Se sentaron juntos en una piedra calentita. Compartieron el gofio y el agua, y se contaron cosas.

—En mi bosque hay niebla todos los días —dijo Guacimara—. Las gotitas hacen plic, plic. Y los laureles huelen muy bien.

—En mi bosque los pinos cantan —dijo Ruymán—. Hacen shhhhh. Y el suelo hace cric, crac.

—Mis cabras saltan por las rocas: tip, tap.

—Mi pinzón come piñones: cric, cric.

—¿Este es tu pinzón? —preguntó Guacimara.

—Mío, mío, no —dijo Ruymán—. Es del pinar. Pero es mi amigo.

—Como Chiquita —dijo Guacimara—. Es medio mía y medio de la montaña.

—¡Meeee!

Ruymán sacó del rollo un trozo de piel nuevo y un palito de carbón.

—¿Pintamos juntos? —preguntó.

—¡Sí! —dijo Guacimara. Y sacó su almagre rojo.

Pintaron el tajinaste y la montaña. Pintaron a Chiquita, que no se estaba quieta, y al pinzón, que tampoco. Y al final se pintaron a ellos dos, uno al lado del otro, sonriendo.

Era su primer dibujo juntos.

Y mientras pintaban, sintieron algo. Bajo los pies. Bajo la piedra. Muy, muy bajito.

Rrrrrrrrr… rrrrrrrrr…

—¿Has oído eso? —susurró Guacimara.

—Sí —susurró Ruymán.

El pinzón se quedó callado en su piedra. Y Chiquita, por primera vez en todo el día, dejó de masticar.

Capítulo 6
El gigante que duerme

Rrrrrrrrr… rrrrrrrrr…

Era un sonido suave, lento y hondo, como el del abuelo cuando se queda dormido en el sillón después de comer.

Guacimara y Ruymán pusieron la mano sobre la piedra. Estaba tibia.

—Mi abuela me contó una historia —dijo Ruymán, muy bajito—. Dice que dentro de la montaña vive alguien.

—La mía también me la contó —dijo Guacimara—. Dice que se llama Guayota.

Ahora te la cuento yo, que la he oído muchas veces. Pero escucha bien: esto es una leyenda. Una leyenda es una historia muy antigua que los abuelos les cuentan a los nietos, y los nietos a sus nietos, para imaginar.

Los guanches contaban que dentro del Teide, muy adentro, vivía Guayota.

Te lo pinto como está en nuestro libro. Guayota es grande y es de piedra negra, de basalto. Tiene la piel llena de grietas, como las piedras del volcán, y por las grietas asoma una luz naranja, calentita. Son brasas, como las de una hoguera cuando ya se está apagando.

Hay otra historia más, una leyenda de ahora, que se cuenta mucho por aquí. Escucha.

Dicen que una vez, hace muchísimo tiempo, Guayota quiso tener a Magec, el sol, solo para él. Así que se lo llevó dentro de la montaña. Y el mundo se quedó a oscuras. Las cabras no encontraban la hierba. Los pájaros no sabían cuándo tenían que cantar, y alguno cantaba a deshoras, muy despistado. Las flores no se abrían.

Todo el mundo echaba de menos la luz.

Pero la historia acaba bien. Dicen que Magec volvió a salir, brillante y redondo, y subió otra vez al cielo, que es donde tiene que estar para que lo compartamos todos. Y en la punta del Teide pusieron una tapa de piedra, puntiaguda, como un tapón. Esa tapa se llama el Pan de Azúcar.

Guayota, allá abajo, se quedó tranquilo. Se acurrucó en el fondo de la montaña y bostezó: aaaaaaah. Cerró sus ojos de brasa y se durmió.

Y desde entonces duerme, bien calentito. A veces ronca, muy bajito: rrrrrrrrr… rrrrrrrrr…

—¿Y si se despierta? —susurró Guacimara.

Ruymán pensó un momento.

—Mi abuela dice que aquí arriba no hay que hacer ruido —dijo—. Que hay que respetar la montaña. Hablar bajito. No romper las plantas. No tirar piedras. Así Guayota sigue soñando.

—¿Y qué sueña? —preguntó Guacimara.

—No lo sé —dijo Ruymán—. Cosas calentitas, digo yo.

Guacimara cerró los ojos e imaginó a Guayota allá abajo, enorme y tranquilo, hecho una bola, con las brasas brillando como una lamparita. Como la lucecita que a lo mejor tienes tú encendida cuando te duermes.

—Yo creo que sueña con flores rojas —dijo Guacimara—. Porque las flores rojas se parecen a sus brasas.

Ruymán sonrió.

—Puede ser.

Los dos se quedaron muy quietos, escuchando.

Rrrrrrrrr… rrrrrrrrr…

Y miedo, nada. Aquel era el ruido de alguien que descansa a gusto, como tú cuando duermes, o como yo cuando el viento me mece por la noche y se me cierran las hojas.

Ruymán miró la punta de la montaña. El Pan de Azúcar seguía allí, bien puesto.

—Vamos a dejarle un regalo —dijo Ruymán—. Para que sepa que hemos estado aquí y que hemos sido respetuosos.

—¡Buena idea!

Le regalaron una canción. Las flores se quedaron en su planta y las piedras en su sitio, que allá arriba cada cosa tiene su casa. Una canción bajita, de las de dormir.

Guacimara cantó con su voz suave:

—Duerme, duerme, gigante de piedra…

Y Ruymán siguió:

—…que Magec brilla y la montaña te abriga.

¿La cantamos nosotros también, bajito? Duerme, duerme, gigante de piedra… que Magec brilla y la montaña te abriga.

Eso es.

Y el ronquido sonó una vez más, suave y contento:

Rrrrrrrrr… mmmmm…

Chiquita se tumbó en la piedra calentita. El pinzón se esponjó en una rama hasta parecer una bolita azul. Y Magec, allá arriba, empezó a bajar despacito hacia el mar de nubes.

Capítulo 7
Dos retratos, una montaña

El cielo se puso naranja. Luego rosa. Luego de un morado oscuro, como las moras.

Magec bajaba hacia el mar de nubes, y las nubes se iban tiñendo, como si alguien hubiera echado almagre en el algodón.

—Qué bonito —dijo Guacimara.

Ruymán no dijo nada. Tenía la boca abierta.

Se quedaron mirando hasta que Magec se escondió del todo. Entonces salieron las estrellas. Una. Dos. Tres. Luego ya tantas que no había quien las contara.

Desde el Teide se ven muchísimas estrellas, porque allí arriba el aire está tan limpio como un cristal recién fregado.

Esa noche durmieron en una cueva abrigada, al pie de la montaña. Guacimara en un lado, Ruymán en el otro y Chiquita en medio, calentita. El pinzón se quedó en la entrada, en una ramita, haciendo de guardia.

Bajo la tierra, muy bajito, Guayota roncaba: rrrrrrr… Sonaba como una nana.

A la mañana siguiente Magec salió otra vez, brillante y redondo, a su hora.

—¡Buenos días, Magec! —dijo Guacimara.

—¡Buenos días! —dijo Ruymán, todavía con voz de dormido.

Había llegado la hora de volver. Los esperaban las familias, las cabras de Anaga y el pinar de Taoro.

—No quiero irme —dijo Guacimara.

—Yo tampoco —dijo Ruymán.

Se quedaron un rato callados. Y a Ruymán, que era de mucho pensar, se le ocurrió otra idea.

—¡Cambiemos los retratos! —dijo.

—¿Cómo?

—Tú te llevas mi retrato, el que te mandé con el pastor. Y yo me llevo el tuyo. Así, cuando estemos lejos, nos miraremos en la piel y nos acordaremos.

—Pero si ya los tenemos cambiados —se rió Guacimara—. Yo tengo el tuyo y tú tienes el mío.

Ruymán se quedó pensando. Contó con los dedos. Y luego se rió también.

—¡Es verdad! ¡Ja, ja, ja!

Se rieron tanto que Chiquita dijo meeee y el pinzón dijo chuí, por no quedarse fuera.

—Entonces —dijo Guacimara—, el dibujo que hicimos juntos… ¿de quién es?

Lo sacaron. Allí estaban el tajinaste, la montaña, la cabrita, el pinzón y los dos amigos sonriendo.

—Lo partimos —dijo Ruymán—. No, mejor no. Si lo partimos, se rompe.

—Ya sé —dijo Guacimara—. Lo dejamos aquí, en la cueva, al pie de la montaña. Y el año que viene, cuando florezcan otra vez los tajinastes, volvemos y pintamos otro al lado.

—¡Y otro, y otro, y otro!

—¡Sí!

Y así lo hicieron. Dejaron el dibujo en un hueco seco de la cueva, bien guardado.

Antes de irse, Guacimara se quitó una cuenta de barro de la trenza. Clic.

—Toma —le dijo a Ruymán—. Para tu trenza corta.

Ruymán se la puso. Clic. Ahora su trenza también sonaba, y él movía la cabeza a propósito para oírla.

Luego buscó en su saquito y sacó una piña pequeña del pinar, redondita, sin una sola escama rota.

—Toma —le dijo a Guacimara—. Para que te acuerdes de mi bosque.

Guacimara la olió. Olía a resina. Olía a pinar.

—Hasta las flores rojas —dijo Guacimara.

—Hasta las flores rojas —dijo Ruymán.

Y cada uno se fue por su camino.

Guacimara bajó hacia Anaga. Cruzó el mar de nubes y entró en la niebla, y las gotitas de los laureles la saludaron: plic, plic, plic. Clic-clic, tin-tin, sonaba ella. Tip, tap, sonaba Chiquita, que por una vez iba sin desviarse.

Ruymán bajó hacia Taoro. Entró en el pinar, y los pinos cantaron: shhhhhh. Cric, crac, hacían las agujas. Y clic, hacía la cuenta nueva en su trenza.

—¡Chuí! —le dijo el pinzón, desde su rama de siempre.

Desde entonces, cada tarde, Guacimara miraba la montaña desde Anaga y Ruymán la miraba desde Taoro.

Ya no se preguntaban quién habría al otro lado. Lo sabían.

Yo lo he visto todo desde mis ramas viejas, y te voy a decir un secreto: aquel dibujo sigue en algún hueco de la cueva. Bueno, eso creo yo. Los dragos no podemos ir a mirar, que las raíces no nos dejan. Pero cada primavera, cuando florecen los tajinastes, me imagino que hay uno nuevo al lado.

Tenerife es una de siete islas, y cada isla guarda su historia.

Siete islas, siete historias, una memoria compartida.

Ahora cierra los ojos. Escucha. ¿Lo oyes?

Rrrrrrrrr…

Guayota duerme. Magec descansa. Y tú también.

Buenas noches.

Fin

Nota para familias

En este cuento se mezclan la historia y la leyenda.

Lo que es historia: los guanches, los antiguos habitantes de Tenerife, vivían repartidos en territorios llamados menceyatos, entre ellos Anaga y Taoro. Criaban cabras, comían gofio, vestían tamarcos de piel y usaban almagre, una tierra roja, como pigmento. El monteverde de Anaga, los pinares, el tajinaste rojo y el pinzón azul siguen ahí y hoy están protegidos. Si algún día subís a Las Cañadas en primavera, buscad juntos las torres rojas.

Lo que viene de la literatura: Guacimara y Ruymán son personajes del poema Antigüedades de las Islas Afortunadas, de Antonio de Viana (1604). Su amistad por retratos es invención nuestra, para este cuento.

Lo que es leyenda: las crónicas antiguas recogen la creencia guanche de que Guayota habitaba dentro del Teide (Echeyde). Lo de Guayota llevándose a Magec, el sol, y el Pan de Azúcar como tapa es una leyenda moderna, inspirada en esas creencias, que hoy se cuenta mucho en Canarias. Si al peque le da reparo el gigante, recordadle que duerme tranquilo.

Para hablar después:

  1. ¿Cómo supieron Guacimara y Ruymán quién era quién? ¿Qué pintarías tú en tu retrato?
  2. ¿Por qué hablaron bajito y no arrancaron flores en la montaña?
  3. ¿Qué sonidos de la naturaleza recuerdas del cuento? ¿Los hacemos juntos?
Portada del libro para colorear de Tenerife

El libro para colorear de Tenerife

Guacimara camina por el monteverde de Anaga y Ruymán baja del valle de Taoro.

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