Capítulo 1
Una isla con sed
Soy el Drago.
Soy un árbol viejo, tan viejo que ya no me acuerdo de cuándo fui pequeño. Tengo el tronco gordo y lleno de arrugas, como las manos de una abuela que lleva toda la vida amasando. Mis ramas se abren arriba igual que un paraguas. Y dentro de la madera guardo historias. Muchas. Alguna, de tanto moverse ahí dentro, hasta me hace cosquillas.
Ven, siéntate aquí, a mi sombra. Estira las piernas. Si quieres, apoya la espalda en mi tronco, que no muerdo.
Hoy te voy a contar una historia de El Hierro. Es la más pequeña de las islas grandes de Canarias, y está allá lejos, por donde se esconde el sol cuando se va a dormir.
Hace muchísimo tiempo, en El Hierro vivían unas personas llamadas bimbaches. ¿Lo decimos juntos? Bim-ba-ches. Eso es.
Los bimbaches cuidaban ovejas, cabras y cerdos. Recogían frutos del monte, pescaban, y bajaban a la orilla a coger mariscos entre las piedras resbaladizas. Dormían en cuevas y en casitas de piedra, y por la noche se contaban cosas alrededor del fuego.
Entre ellos había un muchacho que se llamaba Armiche.
Armiche era ancho de hombros y fuerte como una roca de la montaña. Tenía el pelo corto y lleno de caracolillos. Llevaba una capa corta de piel de oveja, con la lana tan rizada como su pelo, y cuando se la ponía, desde lejos no se sabía bien dónde terminaba Armiche y dónde empezaba la oveja. Y nunca salía de casa sin su gánigo.
¿Sabes qué es un gánigo? Es una vasija de barro, como un cuenco o una jarra. Se hace con tierra mojada, se le da forma con las manos y luego se cuece al fuego hasta que se pone dura. En un gánigo se guardaba leche, o comida, o lo que más falta hacía en aquella isla: agua.
El de Armiche tenía un desconchón en el borde, justo donde él ponía el pulgar.
Aunque era joven, Armiche era el jefe de su gente. Y no era de esos jefes que dan voces. Él se fijaba en quién tenía frío, en quién tenía hambre y en qué cabra cojeaba de una pata.
Pero en El Hierro había un problema grande.
Llovía muy poco. Casi nada.
No había ríos que bajaran cantando por las montañas, ni lagos donde mirarse la cara. Pasaban los días y el cielo seguía limpio, sin una gota.
Las ovejas tenían sed, y los niños también. Hasta las plantas se ponían mustias, con las hojas caídas como las orejas de un perro cansado.
Una mañana, Armiche cogió su gánigo, le dio la vuelta y lo sacudió boca abajo.
Nada. Ni una gota.
—Mi gánigo está vacío —dijo Armiche—. Y mi gente necesita agua.
Se sentó en una piedra a pensar. Se rascó los rizos. Miró al mar, que tenía agua de sobra, pero salada, y esa no se puede beber. Luego levantó la vista hacia las montañas.
Y entonces vio algo.
Por lo alto de la isla venía una nube. Pero no estaba arriba en el cielo, como las demás. Venía bajita, blanca, arrastrándose por la ladera muy despacio, como una oveja de algodón que se hubiera escapado del rebaño.
Era la niebla.
—Mira tú —dijo Armiche—. La niebla sube todas las mañanas por la montaña. Me pregunto adónde va.
Se levantó, se colocó bien la capa y agarró fuerte su gánigo vacío.
—Voy a seguirla —dijo.
Y echó a andar cuesta arriba. Pum, pum, pum. Con la capa bailándole en la espalda y el gánigo bien apretado contra la barriga.
Lo que encontró allá arriba fue un árbol. Y aquel árbol, prepara bien las orejitas, bebía nubes.
Capítulo 2
El árbol que bebía nubes
Armiche subió y subió. El camino era de piedras sueltas que hacían cric, cric bajo los pies, y entre las piedras crecían hierbas y unas florecitas amarillas. El aire se iba poniendo fresco.
Cuanto más subía, más cerca tenía la niebla.
Primero la vio lejos. Luego cerca. Y de pronto, ¡fuuu!, la niebla se lo tragó entero. Todo blanco. Armiche estiró el brazo y apenas se veía la mano.
Notó la niebla en la cara, fresquita y húmeda, como cuando alguien te da un beso con la nariz fría.
Y entonces lo oyó.
Plic.
Armiche se quedó quieto, con un pie en el aire.
Plic. Plic.
¿De dónde salía aquel ruido?
Plic. Plic. Plic.
Fue andando despacito hacia el sonido. Y allí, en medio de tanto blanco, apareció un árbol enorme, de tronco ancho y ramas largas, con las hojas brillando de mojadas.
Era el Garoé.
Así lo llamaban los bimbaches. ¿Lo dices conmigo? Ga-ro-é. Muy bien dicho.
Los sabios de hoy piensan que el Garoé era, probablemente, un til. El til es un árbol de los bosques húmedos de Canarias, con hojas largas y lisas que, si las tocas, parecen de cera.
Pero lo especial del Garoé estaba en lo que hacía con la niebla.
Te lo explico despacio. Sobre las islas Canarias soplan unos vientos que se llaman alisios. Vienen del mar cargados de humedad, y cuando se topan con las montañas tienen que subir. Allá arriba hace más frío, y esa humedad se junta y forma nubes bajitas. Esa era la niebla que Armiche había seguido.
La niebla llegaba al Garoé y se metía entre sus hojas. Y las hojas atrapaban las gotitas, igual que tú atrapas una pompa de jabón con la mano, con cuidado de no romperla.
Las gotitas se juntaban unas con otras y engordaban. Rodaban por la hoja hasta la punta. Se quedaban allí colgando un momento, temblando, como pensándoselo.
Y entonces… ¡plic! Al suelo.
Una gota. Y otra. Y otra más.
En aquel sitio casi no llovía, y sin embargo, debajo del árbol, la tierra estaba mojada. El Garoé se bebía las nubes.
Armiche abrió mucho los ojos, y también la boca, tanto que casi se le cuela una gota dentro.
—¡Agua! —dijo—. ¡Agua que cae de un árbol!
Las gotas no se perdían. Caían en unas pozas, unos huecos en el suelo donde el agua se iba juntando. Albercas, las llamaban también. Allí el agua se quedaba quietecita, y tan clara que se veían las piedrecitas del fondo.
Armiche se arrodilló junto a una poza y metió el gánigo despacio, sin hacer olas. Glu, glu, glu. Se llenó hasta el desconchón.
Bebió un sorbito.
—Mmmm —dijo, y cerró los ojos—. Es el agua más rica del mundo.
Después miró al árbol. Pero lo miró de verdad, desde las raíces hasta la última hoja, como se mira a alguien que te acaba de hacer un favor muy grande.
—Gracias, Garoé —le dijo bajito.
Yo, que soy un árbol, te voy a contar un secreto: un «gracias» se nota. Se nota en la corteza, como un calorcito que sube despacio.
El viento movió las hojas del Garoé. Shhhh, shhhh. Y cayeron más gotitas. Plic, plic, plic. A Armiche le pareció que el árbol le contestaba: «De nada, Armiche. De nada».
Se quedó un ratito sentado, escuchando. Las gotas sonaban tranquilas, como una nana que alguien canta bajito en la habitación de al lado.
Pero entonces se acordó de las ovejas con la lengua fuera. Y de los niños.
Y se levantó de un salto.
—Esta agua no es solo mía —dijo—. Hay que bajarla, que allí abajo la están esperando.
Bajó la montaña con el gánigo lleno bien sujeto entre sus manos fuertes. Corriendo. Bueno… corriendo despacito, ¿eh? Que si corres mucho con un gánigo lleno de agua… ¡chof! Se derrama todo, y adiós agua.
Capítulo 3
El agua se comparte
Cuando Armiche llegó abajo, los bimbaches salieron a recibirlo. Los perros ladraban y los niños corrían detrás de los perros.
—¡Armiche, Armiche! ¿Qué traes en el gánigo?
—Traigo agua —dijo Armiche—. Agua de un árbol que bebe nubes.
Los bimbaches se miraron unos a otros. Una señora levantó tanto las cejas que casi se le juntan con el pelo. ¿Un árbol que bebe nubes? Eso no lo había oído nadie nunca.
Armiche sonrió y les dio a probar. Primero a los más pequeños, después a los más viejitos, y luego a todos los demás. Un sorbito cada uno, que había que estirar el agua. Glu. Glu.
—¡Está fresquita! —dijo una niña.
—¡Sabe a montaña! —dijo un abuelo, y se relamió el bigote.
—Mañana os llevo a todos —dijo Armiche—. Pero antes tenemos que hacer una promesa.
—¿Qué promesa? —preguntaron todos.
Armiche levantó el gánigo vacío para que todos lo vieran bien.
—El agua es un tesoro —dijo—. Vale más que las piedras bonitas y que las conchas del mar. Es el tesoro más grande de nuestra isla, y es de todos.
Los bimbaches asintieron con la cabeza. Hasta el abuelo del bigote, que no asentía casi nunca.
—Por eso —siguió Armiche—, cada uno cogerá lo que necesite. Ni más, ni menos. Y siempre dejaremos agua para los demás.
Y así lo hicieron.
A la mañana siguiente subieron juntos a ver el Garoé. Era una fila larga de gente con gánigos y con odres, que son unas bolsas de piel para llevar agua. Pum, pum, pum, cuesta arriba. Detrás iban las ovejas, beee, y las cabras, meee, y al final de todo un cabrito pequeño que se paraba a comerse cada flor del camino.
Cuando llegaron, la niebla estaba allí, abrazada al árbol. Y el árbol goteaba.
Plic. Plic. Plic.
Nadie empujó. Nadie dijo «¡yo primero!». Hasta los más pequeños esperaron su turno, aunque a alguno se le escapaban los saltitos de impaciencia.
Primero bebieron los que tenían más sed. Luego llenaron los gánigos para llevar a las casas. Después les tocó a los animales. Y Armiche, el último de todos, cogió un poquito para él.
Desde aquel día, los bimbaches cuidaron el Garoé como se cuida a un abuelo querido.
Limpiaban las pozas. Sacaban las hojas secas y las piedrecitas que se colaban dentro. Vigilaban que nadie ensuciara el agua. Y aprendieron a guardar agua en los días de mucha niebla, para tener en los días de poca.
Porque la niebla no venía igual todas las mañanas. Había mañanas de niebla espesa, y el árbol goteaba sin parar: plic, plic, plic, plic, plic. Y había mañanas de niebla flaquita, y el árbol apenas daba nada: plic… … … plic.
¿Tú cierras el grifo mientras te lavas los dientes? Pues eso mismo hacían los bimbaches a su manera: no dejar que se escapara ni una gota.
Una tarde, Armiche estaba sentado junto al Garoé con una niña pequeña que se llamaba… pues mira, no me acuerdo. Soy tan viejo que a veces se me caen los nombres, igual que las hojas. Ponle tú uno. ¿Cómo quieres que se llame?
La niña le preguntó:
—Armiche, ¿por qué el árbol nos da el agua?
Armiche se quedó pensando un ratito, mordiéndose el labio.
—Yo creo que el árbol no nos la da solo a nosotros —dijo—. La da para todos. Para los pájaros. Para las lagartijas. Para las plantas pequeñitas que crecen aquí abajo. Y para nosotros también.
La niña miró una gota que caía. Plic.
—Entonces —dijo la niña—, ¿la niebla le da al árbol, el árbol nos da a nosotros, y nosotros les damos a todos?
—¡Eso es! —rio Armiche—. Es como una cadena de regalos.
La niña se quedó muy seria, contando con los dedos todos los eslabones de la cadena. Le sobraron dedos.
Esa noche, en las cuevas y en las casitas de piedra, los bimbaches durmieron sin sed. Y Armiche, antes de cerrar los ojos, dejó su gánigo lleno junto a la cama. Por si alguien venía a pedirle.
Capítulo 4
Los signos de la lava
Pasaron los días y pasaron las lunas. Y a Armiche, que era muy curioso, le entraron ganas de conocer mejor su isla.
—Hoy voy a ir hacia el sur —dijo una mañana—. Hacia El Julan.
Llenó el gánigo en las pozas del Garoé, se puso la capa y echó a andar. Esta vez, cuesta abajo. Pum, pum, pum, y de vez en cuando un resbalón, ¡uy!, que bajar también tiene lo suyo.
El camino hacia El Julan era distinto. Allí había mucha lava.
¿Sabes qué es la lava? Hace muchísimo tiempo, los volcanes de El Hierro echaron fuego derretido, rojo y caliente. Ese fuego bajó por la montaña muy despacio, como una sopa espesa que se sale de la olla. Y cuando se enfrió, se convirtió en piedra. Piedra negra, o marrón, o un poco rojiza, según por dónde la mires.
En El Julan, en algunos sitios, la lava se había quedado lisa, como una mesa grande de piedra.
Armiche caminaba mirando al suelo para no tropezar. Y de pronto se paró en seco.
—¡Ooooh! —dijo.
En la piedra lisa había signos grabados: rayitas, circulitos, formas que parecían letras. Armiche buscó una oveja, un sol, algo que conociera. Nada de eso.
Alguien los había hecho con mucha paciencia, raspando la lava con otra piedra más dura. Ras, ras, ras. Seguro que se le cansó la mano más de una vez.
Armiche se agachó y pasó el dedo por encima, muy suavecito.
—¿Qué querrán decir? —se preguntó.
Miró a un lado y había más signos. Miró al otro y había más todavía. Estaban por toda la piedra, como si alguien hubiera escrito una carta larguísima en el suelo.
Hoy a ese lugar lo llamamos los Letreros de El Julan.
Y ahora acércate un poquito, que te voy a contar un secreto.
Los Letreros de El Julan todavía están allí. Hoy en día vienen personas sabias de muchos sitios del mundo a mirarlos. Los estudian, los dibujan y los comparan con otros signos parecidos que hay en el norte de África, de donde llegaron los antiguos pobladores de las islas.
Y aun así…
¡Todavía no sabemos leerlos del todo!
Nadie sabe qué dicen. Es un misterio grabado en la piedra.
¿Tú qué crees que pueden decir?
A lo mejor dicen un nombre. A lo mejor cuentan algo que pasó. O a lo mejor son un mensaje para los que vendrían después. Podemos imaginarlo, claro que sí, pero sabiendo que lo estamos imaginando.
Armiche se sentó junto a los signos. Sacó el gánigo y bebió un sorbito de agua del Garoé.
—Quien hizo esto quería que alguien lo viera —pensó—. Quería dejar un recuerdo.
Y eso le gustó muchísimo. A mí también me gusta, porque yo hago lo mismo con mis cuentos: guardo recuerdos para que no se pierdan.
Armiche miró los signos un buen rato. Luego se levantó sin raspar la piedra, sin pisar los signos y sin llevarse ningún trocito escondido en la capa para enseñarlo en casa. Y mira que ganas tenía.
—Que se queden aquí —dijo—. Para que otros también puedan verlos.
Si algún día vas a El Hierro y ves los Letreros, acuérdate de Armiche. Míralos con mucha atención, y déjalos tranquilos, para que los niños de mañana también los puedan mirar.
Y quién sabe… a lo mejor, cuando seas mayor, eres tú quien aprende a leerlos.
El sol empezaba a bajar y el cielo se puso naranja, del color de una mandarina. Armiche se sacudió la capa y emprendió el camino de vuelta.
Al poco rato, el viento empezó a soplar. Fuuuuu. Le levantó la capa por detrás, como si quisiera llevársela de paseo.
Capítulo 5
La sabina que hace reverencias
Fuuuuu. Fuuuuu.
El viento soplaba fuerte. Le despeinaba los rizos a Armiche, le movía la lana de la capa y hasta le hacía cosquillas en las pestañas.
Armiche se agarró bien al gánigo y siguió andando. Y entonces la vio.
Era una sabina.
La sabina es un árbol de Canarias de madera dura que huele muy bien, con unas hojitas pequeñas como escamitas verdes. No crece muy alta, pero es fuerte. Muy fuerte.
Aquella sabina, además, estaba torcida.
Tenía el tronco retorcido como una trenza, y las ramas estiradas hacia un lado, casi rozando el suelo. Parecía que estuviera haciendo una reverencia, como cuando alguien saluda con mucha educación y se dobla hacia delante.
—Buenas tardes, señora sabina —dijo Armiche, y se rio. Y él también hizo una reverencia.
¿Tú sabes hacer una reverencia? ¡Hazla conmigo! Nos doblamos así… hacia delante… y saludamos. Buenas tardes, señora sabina. Ay, qué elegante te ha quedado.
Armiche se acercó al árbol y le preguntó:
—¿Por qué estás tan torcida, sabina?
La sabina no contestó, claro. Los árboles no hablamos como las personas. Bueno… menos yo, que soy el Drago y soy un árbol cuentacuentos. Y a veces hablo hasta por los codos, aunque no tenga codos.
Pero el viento contestó por ella. Fuuuuu. Fuuuuu.
Y Armiche lo entendió.
En ese lugar de El Hierro el viento sopla muchísimo, y casi siempre desde el mismo lado. Un día, y otro día, y otro día. Un año, y otro año.
Cuando la sabina era pequeñita y empezó a crecer, el viento la empujaba. Fuuuu. Ella seguía creciendo, y el viento, dale que dale, la volvía a empujar. Y así, poquito a poco, la sabina se fue doblando. No se rompió ni se cayó. Se dobló, y siguió viviendo.
Armiche se quedó pensando.
—Qué lista eres, sabina —dijo—. Si te hubieras quedado tiesa como un palo, el viento te habría tumbado. Pero tú te doblaste. Y aquí sigues.
Hoy en día, en El Hierro hay un lugar que se llama El Sabinar, donde viven muchas sabinas así, retorcidas por el viento. Algunas son muy, muy viejas, casi tanto como yo. La gente va a visitarlas y se hace fotos con ellas, y alguno hasta les devuelve la reverencia.
Armiche se sentó al lado de la sabina, a resguardo del viento. Allí se estaba calentito.
—¿Sabes una cosa, sabina? —dijo—. Tú y yo nos parecemos un poco. En mi isla llueve muy poco, y nosotros también hemos tenido que buscarnos la vida. Aprendimos a seguir la niebla. Aprendimos a recoger el agua del Garoé gota a gota, y a compartirla.
La sabina movió sus ramitas con el viento. Shhh, shhh.
—Tú te doblas con el viento —siguió Armiche—. Nosotros nos echamos una mano unos a otros. Cada uno a su manera.
¿Te ha pasado alguna vez algo así? Que una cosa te costaba mucho, y la probaste de otra manera, y al final te salió. Ponerte los zapatos, por ejemplo, o subir solo al tobogán grande. Pues algo parecido le pasó a la sabina con el viento.
Armiche sacó el gánigo y echó un chorrito de agua al pie de la sabina. Solo un poquito. Glu.
—Toma —le dijo—. Un regalo del Garoé.
Y la sabina, que no podía hablar, hizo otra reverencia con el viento. Fuuuu.
Armiche se despidió con la mano y siguió su camino.
Cerca de allí, entre las piedras, algo se movió. Algo verde y gris, con una cola muy, muy larga.
Capítulo 6
El lagarto gigante
Armiche se quedó quietecito. Ni un pum. Ni un glu.
Entre las piedras, muy despacio, asomó una cabeza grande y redonda, con unos ojitos brillantes. Después salió un cuerpo largo, con la piel llena de escamitas, y unas patas con deditos. Y luego una cola… y más cola… y más cola todavía. Armiche llegó a pensar que no se iba a acabar nunca.
Era un lagarto. Pero no de esos pequeñitos que corren por las paredes, no. Era el lagarto gigante de El Hierro.
—Hola, amigo —susurró Armiche—. No te asustes. Solo estoy mirando.
El lagarto lo miró con un ojo. Luego giró la cabeza y lo miró con el otro, por si acaso.
Y decidió que Armiche era de fiar.
Salió de entre las piedras y se tumbó encima de una roca, al sol. Estiró las patas. Entornó los ojos.
—Ahhh —parecía decir—. Qué calentito.
A los lagartos les gusta tanto el sol porque su cuerpo no se calienta solo, como el tuyo. Necesitan tomar el sol para tener fuerzas. Por eso se tumban en las piedras, tan panchos, igual que alguno se tumba en la toalla de la playa un domingo.
Armiche se sentó cerquita, sin hacer ruido, y miró al lagarto con mucha atención.
El lagarto gigante de El Hierro come sobre todo plantas: hojas, flores, frutitos. Se mueve despacio. Es grande, pero muy tranquilo.
—Tú también eres de aquí, como yo —le dijo Armiche.
Junto a la roca había una plantita, y en una de sus hojas quedaba todavía una gota que había dejado la niebla.
El lagarto se acercó y, con la lengua, chup, se la bebió.
Armiche se rio por lo bajo.
—Así que tú también bebes de la niebla —dijo.
Y ahora voy a contarte algo que pasó muchísimo tiempo después de Armiche. Algo de hace poquito, de los tiempos de tus abuelos y de tus papás.
Durante muchos años, a los lagartos gigantes de El Hierro les fue cada vez más difícil vivir en la isla. Cada año quedaban menos, hasta que solo quedaron unos poquitos, escondidos en unos riscos muy altos a los que casi nadie podía llegar.
Estuvieron a punto de desaparecer.
Pero unas personas los encontraron allí arriba, en lo alto de los riscos. Y dijeron:
—¡Hay que cuidarlos! ¡Hay que ayudarlos!
Y eso hicieron. Hoy el lagarto gigante de El Hierro está protegido. Eso quiere decir que nadie puede molestarlo ni hacerle daño, y hay personas que trabajan todos los días para cuidarlo.
En la isla hay un centro donde se crían lagartos gigantes. Allí nacen lagartitos pequeños, que crecen tranquilos y bien alimentados. Y cuando están preparados, algunos se llevan a lugares de la isla donde pueden vivir en libertad, para que El Hierro vuelva a tener sus lagartos gigantes.
¡Bravo por los lagartos! ¡Y bravo por la gente que los cuida! Si quieres, puedes dar dos palmadas. Yo no puedo, que tengo ramas.
El lagarto abrió los ojos y se desperezó. Y despacito, despacito, se volvió a meter entre las piedras. Primero la cabeza. Luego el cuerpo. Luego la cola… y más cola… y más cola todavía.
—Adiós, amigo —le dijo Armiche—. Que tengas mucho sol y muchas hojas ricas.
Ya era casi de noche y las primeras estrellas se asomaban en el cielo. Armiche pensó en volver a casa, al norte, a la montaña donde la niebla abrazaba al Garoé. Tenía ganas de oír otra vez su plic, plic.
Capítulo 7
El Garoé de hoy
Armiche llegó a casa con el gánigo casi vacío y los pies llenos de polvo.
A la mañana siguiente, como siempre, subió a la montaña a ver a su amigo el Garoé. La niebla estaba allí. Los alisios soplaban suavecito. Y el árbol goteaba.
Plic. Plic. Plic.
Armiche llenó su gánigo, le dio las gracias al árbol y bajó a repartir el agua.
Y así pasaron los días, y los años, y muchos años más. Los bimbaches cuidaron el Garoé, y después, otras personas que llegaron a la isla también lo cuidaron. Todos sabían lo que valía aquel árbol.
Ahora escucha, que te voy a contar lo que pasó después. Y no pongas carita triste, ¿eh?, que esta parte acaba bien.
Los árboles, igual que las personas, se hacen viejitos. Y el Garoé ya era muy, muy viejo. Un día, en el año 1610, hubo un temporal muy fuerte, con mucho viento y mucha agua. Fuuuuu, fuuuuu. Y el viejo Garoé, que ya estaba cansado, se cayó.
Se quedó tumbado en el suelo, como un abuelo que se echa la siesta después de una vida muy larga.
Pero la niebla siguió viniendo, y los alisios siguieron soplando. Y la gente de El Hierro nunca se olvidó del Garoé. Lo nombraban en sus historias y se lo contaban a los niños, igual que yo te lo cuento a ti ahora.
Pasaron muchos años más. Y en el año 1949, unas personas subieron a la montaña, al mismo sitio donde había estado el Garoé, y allí plantaron un árbol nuevo. Un til.
El arbolito creció. Primero era más o menos como tú. Luego, como una persona mayor. Luego, más alto que una casa. Y sus hojas se hicieron grandes y verdes.
Y un día de niebla…
Plic.
¿Lo has oído?
Plic. Plic.
¡El árbol nuevo también atrapaba la niebla!
Hoy, si vas a El Hierro, puedes subir a ese lugar. Allí está el Garoé de hoy, el árbol que plantaron en 1949, y allí están las pozas de piedra donde se juntaba el agua. Si tienes suerte y llega la niebla, a lo mejor oyes plic, plic, plic, lo mismo que oía Armiche hace tanto, tanto tiempo.
Un árbol se fue a descansar y otro vino a ocupar su sitio. Y la historia siguió pasando de abuelos a nietos, hasta llegar a mí. Y de mí, a ti.
Yo, el Drago, he visto pasar muchos años. He visto crecer árboles y nacer niños. Y de Armiche y del Garoé aprendí una cosa que te quiero regalar antes de que te duermas.
Repítela conmigo: el agua es un tesoro.
¿Otra vez, más bajito? El agua es un tesoro.
Y lo que nos da la naturaleza se comparte.
Repítelo conmigo: lo que nos da la naturaleza se comparte.
Eso es. Lo has dicho mejor que yo.
Ahora ya es hora de descansar. Cierra los ojitos. Imagina la niebla subiendo por la montaña como una oveja de algodón. Imagina a Armiche sentado bajo el árbol, con los rizos llenos de gotitas y el gánigo lleno entre las manos, con el pulgar en el desconchón.
Y escucha…
Plic.
Plic.
Plic.
Buenas noches, pequeño. Buenas noches desde El Hierro.
Siete islas, siete historias, una memoria compartida.
Fin
