Portada del libro para colorear de Fuerteventura

Tamonante y Tibiabín, las que sabían escuchar

Cuento de Fuerteventura para leer en voz alta. Lo narra el Drago.

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Unos 28 minutos
Capítulos
7

Capítulo 1
El viento y la pared de piedra

Hola, pequeño. Hola, pequeña. Ponte cómodo y tápate bien hasta la barbilla, que el cuento de hoy viene con viento.

Soy el Drago, un árbol viejísimo. Tan viejo que ya ni me acuerdo de cuándo cumplí los cien años. Tengo el tronco gordo y lleno de arrugas, como las manos de un abuelo, y unas hojas largas que parecen espadas verdes, aunque no pinchan a nadie. Por dentro guardo historias. Muchísimas. Las guardo como guarda la abuela los botones en su caja: revueltos, y cada uno con su recuerdo pegado.

Hoy te traigo una de Fuerteventura.

Fuerteventura es una isla larga y estirada, con playas de arena dorada y montañas suaves y redondas que parecen el lomo de un camello echado a dormir. Entre montaña y montaña se abren llanuras enormes, donde casi no crece un árbol. Y luego está el viento. ¡Ay, cuánto viento!

El viento hace así: «Ffffuuuuu… ffffuuuuu…».

Sóplalo conmigo, venga: «Ffffuuuuu…». Eso es, muy bien. Así sopla en Fuerteventura, de día y de noche, y hay tardes en que sopla tan fuerte que hasta las cabras caminan un poco de lado.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los abuelos de tus abuelos todavía no habían nacido, en Fuerteventura vivía un pueblo antiguo. Eran los majos, los primeros habitantes de la isla. Vivían en casitas de piedra y cuidaban cabras. Con el barro hacían cuencos, y para abrigarse se ponían tamarcos, que eran ropas hechas de piel.

Ahora presta atención, que esto lo vamos a necesitar luego: en aquel tiempo la isla estaba partida en dos reinos.

Arriba, en el norte, estaba el reino de Maxorata. Dilo conmigo: Ma-xo-ra-ta.

Abajo, en el sur, estaba el reino de Jandía. Y ahora este otro: Jan-dí-a.

Entre los dos reinos había una pared. Una pared larguísima, hecha de piedras puestas unas encima de otras, toc, toc, toc, que cruzaba la isla de lado a lado, de un mar al otro mar. Todavía hoy quedan trozos de aquella pared, y la gente sigue llamando a ese sitio La Pared.

La pared decía, sin palabras: «Aquí termina Maxorata. Aquí empieza Jandía».

Pero una pared no oye nada. Se queda ahí quieta, quietecita, mientras el viento le pasa por encima.

Las que sí oían, y muy bien, eran dos mujeres sabias.

La primera se llamaba Tibiabín y era la madre. Tendría unos cuarenta años. Tenía el pelo oscuro, con un mechón gris que le brillaba como un hilo de luna, y al cuello llevaba un colgante en forma de espiral, de esos que dan vueltas y más vueltas, igual que la concha de un caracol. Nunca salía sin su bastón de madera. Tap, tap, tap: así se la oía llegar por el camino.

La segunda se llamaba Tamonante, y era la hija. Tenía unos dieciocho años y una trenza larguísima que le caía sobre el hombro derecho. En la trenza llevaba tres anillas de concha que, cuando corría, hacían clin, clin, clin. Su tamarco tenía una franja en zigzag. ¿La dibujamos en el aire con el dedo? Arriba, abajo, arriba, abajo. ¡Te ha salido igualita!

Reinas no eran, y guerreras tampoco. Cuando en la isla dos personas se peleaban y no había manera de arreglarlo, alguien acababa diciendo: «Vamos a buscar a las sabias».

—Tibiabín, ayúdanos —le pedían.

—Tamonante, ven a escucharnos —le rogaban.

Y allá que iban las dos. Por delante el bastón, tap, tap, tap, y detrás las conchas, clin, clin.

Una cosa te digo, pequeño: los nombres de estas dos mujeres no me los he inventado yo. Están escritos en libros muy antiguos, de hace muchísimos años. Esta madre y esta hija vivieron de verdad.

Lo que viene ahora sí es un cuento. Me lo invento para que conozcas lo que mejor se les daba.

Y lo que mejor se les daba era escuchar. Escuchar primero, y hablar después.

Capítulo 2
Las cabras que saltaban

Una mañana, el sol asomó por detrás de las montañas, amarillo, redondo y calentito, como una tortilla recién hecha.

Y por toda la isla empezó a oírse: «¡Beeeee! ¡Beeeee!».

Eran las cabras majoreras, que son las cabras de Fuerteventura.

Las majoreras son fuertes y muy valientes. Las hay blancas, negras, marrones y con manchas, y algunas tienen unos cuernos largos y retorcidos como un sacacorchos. En una isla donde llueve tan poquito, ellas se apañan con lo que encuentran: hierbitas y alguna ramita que asoma entre las piedras. Ñam, ñam.

Para los majos, las cabras eran un tesoro. Les daban leche blanca y espumosa, y con esa leche hacían queso. ¿A ti te gusta el queso? A mí nunca me lo han dado a probar, porque los árboles no comemos queso, pero dicen que el de cabra de Fuerteventura está riquísimo. Hoy se sigue haciendo con la leche de estas mismas cabras, y se llama queso majorero.

Pues aquella mañana, junto a la pared de piedra, había dos pastores.

Uno venía de Maxorata, del norte. Se llamaba Ayoze. Era alto y hablaba fuerte, como si todo el mundo estuviera en la otra punta del barranco.

La otra venía de Jandía, del sur. Se llamaba Guacimara. Era bajita y hablaba tan deprisa que las palabras se le pisaban unas a otras.

A estos dos sí me los he inventado yo, ¿eh? Son de cuento.

Los dos tenían cabras. Y las cabras… ay, las cabras. Una cabra no sabe lo que es una pared. Ve un montón de piedras bien colocaditas y piensa: «¡Anda, qué buen sitio para saltar!».

Hop, hop, hop.

Las de Ayoze saltaban la pared y se iban a comer la hierba del lado de Jandía.

Hop, hop, hop.

Y las de Guacimara saltaban en sentido contrario y se comían la hierba del lado de Maxorata.

Al rato estaban todas revueltas, comiendo y diciendo «¡Beeeee!», y ya no había quien supiera cuál era de quién.

—¡Esa cabra es mía! —gritó Ayoze.

—¡Qué va, esa es mía! —gritó Guacimara.

—¡Tus cabras se comen mi hierba!

—¡Las tuyas sí que se comen la mía!

—¡Yo tengo razón!

—¡De eso nada, la tengo yo!

Gritaban tanto que hablaban los dos a la vez, bla, bla, bla, bla, bla. Y cuando dos personas hablan a la vez y ninguna escucha, pasa lo que pasa: que no se entiende nada de nada.

Las cabras los miraban con sus ojos amarillos y movían las orejas. «¿Beeee?», decían, que en idioma de cabra quiere decir: «¿Y a estos qué les pasa?».

Al final, Ayoze resopló:

—¡Vamos a buscar a Tibiabín!

Y Guacimara dijo:

—¡Y a Tamonante!

Era la primera vez en toda la mañana que estaban de acuerdo en algo.

Echaron a andar, cada uno por su lado de la pared, serios, con los brazos cruzados y sin mirarse. Pum, pum, pum, iban sus pies enfadados.

Tibiabín y Tamonante vivían en una casita de piedra cerca de un barranco. En la puerta tenían un cuenco de barro con agua fresca y una piel de cabra en el suelo, para quien quisiera sentarse.

Cuando llegaron los pastores, Tamonante se estaba peinando la trenza. Clin, clin, hacían las tres anillas de concha.

Tibiabín tomaba el sol, con el bastón sobre las rodillas, mirando a lo lejos, hacia el mar.

—¡Tibiabín! —gritó Ayoze.

—¡Tamonante! —gritó Guacimara.

—¡Tenemos un problema!

—¡Uno enorme!

—¡Sus cabras!

—¡No, las suyas!

Y vuelta a empezar: bla, bla, bla, bla, bla.

Tibiabín levantó una mano, muy despacio, sin decir ni pío.

Poco a poco, los pastores se fueron callando.

Ffffuuuuu, sopló el viento.

«Beeee», contestó una cabra a lo lejos.

Y Tibiabín sonrió.

Capítulo 3
Dos orejas y una boca

Tibiabín se puso de pie. Tap, tap, tap, sonó el bastón de madera. Miró a Ayoze, luego a Guacimara, y les habló sin ninguna prisa:

—Bienvenidos. Sentaos aquí, a la sombra, y bebed un poco de agua. Venís cansados y venís enfadados, y así no hay cabeza que piense bien.

Los pastores se sentaron. Glu, glu, glu, se bebieron el agua fresca del cuenco de barro.

Entonces Tibiabín se volvió hacia su hija.

—Tamonante —le dijo—, hoy ayudas tú.

Tamonante abrió mucho los ojos. ¿Ella? ¿Ella sola? El corazón se le puso a hacer pum-pum, pum-pum, a toda prisa.

—Pero, madre… si yo no sé qué decirles —susurró.

Tibiabín se rió bajito.

—Ay, hija, lo que se dice es lo de menos. Lo que cuesta es escuchar. A ver, tócate la cara. ¿Cuántas orejas tienes?

Tamonante se tocó las orejas.

—Dos.

—¿Y bocas?

Tamonante se tocó la boca.

—Una.

—Pues por algo será —dijo Tibiabín—. Dos orejas para escuchar mucho y una boca para hablar poquito. Primero se escucha, y luego ya se habla.

Y tú, pequeño, ¿cuántas orejas tienes? Tócatelas. Una, dos. ¿Y bocas? Una sola. Pues ya lo sabes tú también.

Tamonante respiró hondo. Ffff, entró el aire. Ffff, salió. Se echó la trenza sobre el hombro derecho, clin, clin, y se sentó delante de los dos pastores.

—Ayoze —dijo—, empieza tú. Guacimara, tú escucha sin hablar. Luego te toca a ti, te lo prometo.

Guacimara abrió la boca para protestar… y la volvió a cerrar. Apretó los labios, «mmmm», y esperó.

Ayoze contó que sus cabras eran como su familia. Que a todas les había puesto nombre: una se llamaba Manchita y otra Orejona. Contó que en el norte, aquel año, apenas había llovido, y que la hierba estaba tan seca que crujía al pisarla. Por eso sus cabras saltaban la pared. Nadie tenía la culpa. Tenían hambre, y ya está.

Tamonante lo escuchó entero sin decir nada. De vez en cuando asentía con la cabeza.

—Gracias, Ayoze —dijo cuando él terminó—. Ahora tú, Guacimara. Y tú, Ayoze, a escuchar.

A Ayoze le pasó lo mismo que antes a Guacimara: abrió la boca, se lo pensó mejor y la cerró. Mmmm. Y esperó su turno.

Guacimara contó que en el sur había llovido un poquito más. Que junto a la pared había encontrado un rincón con hierba verde y tierna, y que lo cuidaba muchísimo, porque allí llevaba a sus baifitos, las cabritas recién nacidas, que todavía no podían caminar lejos. Y que cuando llegaban las cabras grandes del norte se lo zampaban todo en un momento, ñam, ñam, y las pequeñas se quedaban sin nada.

Tamonante la escuchó igual que había escuchado a Ayoze, callada, con los ojos muy atentos.

Y entonces pasó una cosa curiosa.

Ayoze miró a Guacimara.

—No sabía lo de tus cabritas pequeñas —dijo en voz baja.

Y Guacimara miró a Ayoze.

—Y yo no sabía que en el norte casi no había llovido —respondió, también bajito.

Hacía un rato se estaban gritando por encima de la pared. Ahora parecían dos vecinos charlando a la puerta de casa.

Tibiabín, sentada en su piel de cabra, sonreía. El colgante de espiral le brillaba al sol.

Pero Tamonante todavía no sabía cómo arreglar el lío. Las cabras del norte seguían teniendo hambre, y los baifitos del sur seguían necesitando su rincón verde. Por más vueltas que le daba, no le salía.

Miró a su madre, y su madre la miró a ella.

—No hace falta encontrar la respuesta hoy —dijo Tibiabín—. A veces hay que caminar un poco para pensar. Mañana subiremos a la montaña de Tindaya. Desde allí arriba se ve la isla entera, y cuando se ve todo, se piensa mejor.

—¿Podemos ir nosotros también? —preguntó Ayoze.

—Claro que sí —dijo Tibiabín—. Iremos los cuatro juntos.

Y Guacimara, por primera vez, le sonrió a Ayoze.

Capítulo 4
Las huellas de Tindaya

Al día siguiente salieron tempranito, cuando el cielo todavía estaba rosa.

Delante iba Tibiabín con su bastón, tap, tap, tap. Detrás, Tamonante con su trenza, clin, clin. Y al final, Ayoze y Guacimara, uno al lado del otro. Sus pies ya no iban enfadados. Ahora hacían un ruido tranquilo, de ir de paseo: plas, plas, plas.

Cruzaron llanuras de tierra marrón, llenas de piedras. Y en medio de aquel campo tan seco vieron una planta muy rara.

—¡Mirad! —dijo Tamonante—. ¡Un cardón!

El cardón no tiene hojas como los árboles. Tiene un montón de brazos verdes y gordos que suben hacia el cielo todos juntitos, como las velas de una tarta de cumpleaños. Los brazos tienen esquinas, y en las esquinas, pinchitos. Así que al cardón se le mira, pero no se le toca, ¿eh? Que pica.

Vive en sitios secos, donde llueve muy poco, y para eso tiene un truco. Guarda el agua dentro de sus brazos gordos, como si fueran botellas, y cuando pasan semanas sin llover, bebe de lo que guardó.

En el sur de Fuerteventura, en Jandía, crece uno que no vive en ningún otro lugar del mundo. Solo allí. Se llama cardón de Jandía.

—El cardón sabe guardar —dijo Tibiabín—. Guarda cuando hay, para tener cuando no hay.

Tamonante se quedó pensando. «Guarda cuando hay, para tener cuando no hay». Y se guardó la frase en la cabeza, igual que el cardón se guarda el agua en los brazos.

Siguieron andando, y de pronto, delante de ellos, apareció la montaña de Tindaya.

¡Oooooh!

Tindaya brilla. Su piedra cambia de color según la hora: unas veces parece dorada, otras rosada y otras casi blanca. Con el sol de la tarde se enciende igual que una lámpara.

Subieron despacito. Uf, uf. Tibiabín se apoyaba en el bastón y Tamonante le daba la mano. En los trozos difíciles, Ayoze le tendía la mano a Guacimara, y Guacimara se la cogía sin rechistar. Quién se lo iba a decir a ellos dos el día antes.

Arriba, en las rocas, encontraron algo que no se esperaban.

Huellas.

Huellas de pies grabadas en la piedra.

Estas no las había dejado nadie caminando, como las que dejas tú en la arena de la playa. Alguien, hace muchísimo tiempo, había rayado la roca con mucho cuidado, raca, raca, raca, hasta sacar la forma de un pie. Y luego otro, y otro más. Había un montón. Unos estaban solos, y otros de dos en dos, juntitos, como los pies de alguien que se ha parado a mirar.

Esto es verdad, pequeño: en Tindaya hay de verdad muchísimos pies grabados en la roca. Los sabios de ahora los llaman podomorfos, una palabra larga y rara que quiere decir «con forma de pie». ¿Te atreves? Po-do-mor-fos. ¡Uy, qué palabra tan grande para una boca tan pequeña!

—Madre —preguntó Tamonante—, ¿qué significan estas huellas?

Y Tibiabín, que era tan sabia, le contestó lo más sabio que se puede contestar.

—No lo sé.

Tamonante se quedó con la boca abierta. ¡Su madre, la sabia, no lo sabía!

—Hay cosas que no sabemos —dijo Tibiabín—, y está bien decirlo. Quien es sabio sabe escuchar y sabe preguntar. Y cuando no sabe algo, lo dice sin vergüenza.

Yo, que soy el Drago, te digo lo mismo: hoy, tantísimos años después, todavía nadie sabe seguro qué quieren decir esas huellas. Siguen allí arriba, en la piedra, guardándose su secreto.

Capítulo 5
Lo que piensa cada uno

Se sentaron los cuatro junto a los pies de piedra. Allí arriba el viento soplaba con ganas, ffffuuuuu, y se veía casi toda la isla: el mar azul a un lado, las llanuras marrones, las montañas redondas. Y muy lejos, hacia el sur, una rayita fina que cruzaba la tierra.

—¡Mirad! —dijo Guacimara—. ¡La pared!

Desde allí arriba parecía poca cosa. Un hilito de piedra que se podía tapar con un dedo.

Tamonante miró las huellas, y luego a los pastores.

—Ya que nadie sabe lo que significan —dijo—, ¿a vosotros qué os parece? Cada uno puede imaginarse una cosa.

Ayoze se rascó la cabeza.

—Yo creo que son pies que vienen a mirar el paisaje. Como nosotros ahora.

Guacimara dijo que no con la cabeza.

—Pues yo creo que son pies que bailan. Mira, aquí hay dos juntitos, como dando un saltito.

Ayoze frunció el ceño.

—Que no, que son pies que miran.

—Que no, que son pies que bailan.

¡Uy, uy, uy! ¿Ya estaban otra vez con el bla, bla, bla?

Esta vez fue Tamonante la que levantó la mano. Despacio y sin decir nada, igualito que hacía su madre.

Y los pastores se callaron.

—Ayoze —dijo Tamonante—, ¿por qué crees que son pies que miran?

Ayoze se lo pensó un poquito.

—Porque cuando subo a una montaña, me quedo quieto, con los pies juntos, y me paso un buen rato mirando. Es lo que más me gusta.

—¿Y tú, Guacimara? ¿Por qué crees que bailan?

Guacimara sonrió.

—Porque cuando mis baifitos están contentos, dan saltitos. Hop, hop. Y yo salto con ellos.

Tamonante sonrió también.

—Pues ya lo veis. Cada uno mira las huellas y ve lo que lleva en el corazón. Tú, Ayoze, ves a alguien mirando, porque te encanta mirar. Tú, Guacimara, ves a alguien bailando, porque te encanta bailar. Podéis pensar distinto… y no pasa nada.

Ayoze y Guacimara se miraron y se echaron a reír. ¡Ja, ja, ja!

—A lo mejor son pies que miran y luego bailan —dijo Ayoze.

—¡O pies que bailan y luego se paran a mirar! —dijo Guacimara.

Se reían tanto que una lagartija salió disparada de debajo de una piedra. Ziiip.

Tibiabín, apoyada en el bastón, miraba a su hija con mucho orgullo. El mechón gris se le movía con el viento.

—Hija mía —le dijo—, hoy has aprendido una cosa que a mucha gente le cuesta la vida entera. Para estar en paz no hace falta pensar todos igual. Basta con escucharse.

Tamonante se tocó la trenza, clin, clin, y sintió un gustito por dentro, como cuando el sol te calienta la espalda un día de invierno.

Pero lo de las cabras seguía sin arreglar. Las del norte tenían hambre, y los baifitos del sur necesitaban su rincón verde.

Tamonante cerró los ojos. Repasó todo lo que había oído. Se acordó del cardón, que guarda cuando hay para tener cuando no hay. Se acordó de la pared, tan pequeñita vista desde arriba.

Y en eso, desde la llanura, subió un ruido rápido, rapidísimo.

Tip-tip-tip-tip-tip.

—¿Qué es eso? —preguntó Guacimara.

Tamonante abrió los ojos y miró hacia abajo.

—¡Es una hubara! —dijo.

Capítulo 6
La hubara que corría

¿Tú has visto alguna vez una hubara, pequeño?

Es un pájaro grande, más o menos como una gallina, pero mucho más presumida. Tiene las plumas del color de la arena y de las piedras, llenas de manchitas, y por eso en el campo casi no se la ve. En el cuello lleva unas plumas blancas y negras que parecen una bufanda, y tiene las patas largas, larguísimas.

Volar, sabe. Pero lo que le gusta de verdad es correr. Va por las llanuras de Fuerteventura así, tip-tip-tip-tip-tip, a toda prisa, con la cabeza estirada hacia delante.

¿Corremos como ella con los dedos por encima de la manta? ¡Tip-tip-tip-tip-tip! ¡Qué rápido vas!

La de Fuerteventura es la hubara canaria, que solo vive en estas islas. Quedan pocas, así que hay que cuidarlas mucho.

Los cuatro bajaron un poco de la montaña, despacito y en silencio, para verla mejor sin asustarla. Shhhh…

La hubara corría por la llanura. Tip-tip-tip. Se paraba a picotear un bichito, pic, pic, y otra vez a correr.

Hasta que llegó a un montón de piedras. Uno pequeñito, en medio del campo.

¿Sabes lo que hizo? Ni se paró ni se enfadó. Tampoco se quedó allí plantada, regañando a las piedras. Dio la vuelta, las rodeó por un lado, tip-tip-tip, y siguió su camino tan tranquila.

A Tamonante le brillaron los ojos.

—¡Ya lo tengo! —dijo—. ¡Ya sé lo que podemos hacer!

Ayoze, Guacimara y Tibiabín se volvieron a mirarla.

—Escuchad —dijo Tamonante—. La pared está ahí, y está bien que esté. Pero nosotros no somos piedras. Podemos hablar y buscar un camino, como la hubara.

Y les contó su idea despacito, para que todos la entendieran bien.

—Guacimara, tu rincón verde es para tus cabritas pequeñas, y eso hay que respetarlo. Le pondremos unas piedras alrededor, como una cerquita, para que las cabras grandes no puedan entrar. Ese rincón será solo para las pequeñas, sean del norte o sean del sur.

Guacimara dijo que sí con la cabeza.

—Ayoze, tus cabras tienen hambre porque este año en el norte ha llovido poco, y en el sur hay más hierba. Así que, mientras no llueva en el norte, tus cabras grandes podrán comer en una parte de los campos del sur. La parte que Guacimara te enseñe.

Ayoze también asintió, despacio, como quien todavía no se lo acaba de creer.

—Y el año que llueva más en el norte que en el sur —siguió Tamonante—, ¡pues al revés! Las cabras de Guacimara podrán subir a comer al norte. Como hace el cardón: guardamos cuando hay, para tener cuando no hay.

Se quedaron todos callados. Ffffuuuuu, hizo el viento.

—¿Y cómo hacemos para no confundir las cabras? —preguntó Ayoze.

Tamonante se lo pensó un momento.

—Vosotros conocéis a vuestras cabras. Tú sabes cuál es Manchita y cuál es Orejona. Contadlas juntos cada tarde, uno al lado del otro. Si contáis juntos, no os vais a liar.

Ayoze miró a Guacimara, y Guacimara miró a Ayoze.

—A mí me parece bien —dijo Guacimara.

—Y a mí —dijo Ayoze.

Entonces Ayoze metió la mano en el zurrón y sacó un trozo de queso de cabra, blanco y con un olor fuerte que se notaba desde lejos.

—Lo hice con la leche de Manchita —dijo—. Quiero compartirlo.

Guacimara rebuscó en su zurrón y sacó otro.

—Y este, con la leche de mis cabras del sur. También es para compartir.

Partieron los dos quesos en cuatro trozos, uno para cada uno, y se sentaron en una piedra a comérselos.

Ñam, ñam, ñam.

—El tuyo está más salado —dijo Guacimara.

—Y el tuyo, más suave —dijo Ayoze.

—¡Pues los dos están riquísimos! —dijo Tamonante, con la boca llena.

Y se rieron los cuatro.

Allá abajo, la hubara seguía a lo suyo, corriendo por la llanura. Tip-tip-tip-tip-tip.

Capítulo 7
Siete islas, una memoria

Cuando el sol empezó a bajar y el cielo se puso naranja y morado, volvieron a la pared de piedra.

Allí estaban las cabras, las del norte y las del sur, todas revueltas y todas diciendo «¡Beeeee!».

Ayoze y Guacimara hicieron lo que habían prometido. Se pusieron uno al lado del otro y empezaron a contar.

—Esta es Manchita, del norte.

—Esta es Blanquita, del sur.

—Esta es Orejona, del norte.

—Y esta, Cuernitos, del sur.

Una a una, separaron todas las cabras sin levantar la voz ni una sola vez. ¡Ni una!

Después, entre los cuatro, colocaron piedras alrededor del rincón verde. Toc, toc, toc. Quedó una cerquita pequeña para los baifitos recién nacidos, que entraron dando saltos, hop, hop, y se pusieron a comer hierba tierna.

—¡Mira! —dijo Guacimara—. ¡Están bailando!

—Qué va —dijo Ayoze, sonriendo—. Están mirando.

Y se rieron otra vez, porque ya sabían que podían tener razón los dos.

Tibiabín y Tamonante se despidieron y echaron a andar hacia casa. El bastón, tap, tap. Las conchas, clin, clin.

Por el camino pasaron junto al cardón de brazos gordos, y Tamonante le dijo bajito: «Gracias, cardón».

Esa noche, madre e hija se sentaron a la puerta de la casita a mirar las estrellas. Había tantísimas que parecían no caber en el cielo. Más que cabras en toda Fuerteventura.

—Madre —dijo Tamonante—, esta mañana estaba muy nerviosa porque no sabía qué decir.

—¿Y qué has descubierto? —le preguntó Tibiabín.

Tamonante se quedó pensando. Se tocó las orejas, una, dos. Se tocó la boca. Una.

—Que no hacía falta saber qué decir. Hacía falta escuchar. Cuando escuché a Ayoze, entendí que sus cabras tenían hambre. Cuando escuché a Guacimara, entendí lo de sus baifitos. Y cuando ellos se escucharon, ya no tuvieron que gritar más.

Tibiabín le acarició la trenza larga, y las tres anillas de concha sonaron muy flojito.

—Entonces ya eres una mujer sabia, hija mía —le dijo—. Porque la sabiduría empieza por las orejas.

El colgante de espiral brillaba bajo la luna. Daba vueltas igual que el viento, igual que las historias que van pasando de las madres a las hijas y de los abuelos a los nietos.

Ffffuuuuu, sopló el viento de Fuerteventura.

«Beeeee», dijo una cabra medio dormida.

Y lejos, en la llanura oscura, una hubara se quedó dormida entre las piedras, tan quietecita que parecía una piedra más.

Bueno, pequeño. Hasta aquí la historia.

Yo, el Drago, he visto pasar muchísimos años y he escuchado historias de todas las islas. Las Canarias son siete, ¿lo sabías? Siete islas, siete historias, una memoria compartida. La de hoy era la de Fuerteventura, la isla larga del viento, donde las cabras saltan paredes, el cardón guarda agua en los brazos y las hubaras corren entre las piedras.

Allí hubo dos reinos, Maxorata y Jandía, con una pared de piedra en medio. Allí, en lo alto de Tindaya, hay pies grabados en la roca que todavía nadie ha sabido descifrar. Y allí vivieron Tibiabín y Tamonante, madre e hija, que ayudaban a la gente a ponerse de acuerdo escuchando antes de hablar.

Así que mañana, si estás jugando con tus amigos y alguien grita «¡Esto es mío!» y otro le contesta «¡No, es mío!», acuérdate de Tamonante. Levanta la mano despacito. Respira. Y di: «Cuéntame tú primero. Yo te escucho».

A ver qué pasa. Luego me lo cuentas.

Ahora cierra los ojitos y escucha el viento. Ffffuuuuu…

Buenas noches, pequeño. Buenas noches, pequeña.

Tu amigo, el Drago.

Fin

Nota para familias

Los majos fueron los antiguos habitantes de Fuerteventura. Las crónicas cuentan que la isla estaba dividida en dos reinos, Maxorata al norte y Jandía al sur, y todavía se conservan restos de un muro de piedra en el istmo que hoy se conoce como La Pared. En esas mismas crónicas aparecen Tibiabín y Tamonante, dos mujeres con mucha autoridad y fama de sabias, a las que la gente acudía cuando no conseguía ponerse de acuerdo.

Lo de Tindaya también es real. En la montaña hay cientos de grabados con forma de pie, los podomorfos, y a día de hoy nadie sabe con certeza qué significan. Las cabras majoreras, el queso majorero, el cardón (incluido el cardón de Jandía, que solo crece allí) y la hubara canaria siguen formando parte de la isla.

Lo inventado son los pastores Ayoze y Guacimara, sus cabras, la excursión a Tindaya y el acuerdo del final. Las ideas de los pastores sobre las huellas son un juego de imaginación y no pretenden explicar nada.

A estas edades cuesta muchísimo esperar el turno para hablar, y no pasa nada si el truco de las dos orejas solo funciona a ratos. A los mayores también nos pasa. Si os apetece seguir con el cuento, aquí tenéis unas preguntas:

  1. ¿Por qué crees que Ayoze y Guacimara dejaron de gritar?
  2. ¿Qué te gustaría a ti que significaran las huellas de Tindaya?
  3. ¿Te acuerdas de alguna vez que escuchaste a alguien y así se arregló un enfado?
Portada del libro para colorear de Fuerteventura

El libro para colorear de Fuerteventura

Tamonante y su madre Tibiabín escuchan el viento.

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