Portada del libro para colorear de Gran Canaria

Andamana y el sello que faltaba

Cuento de Gran Canaria para leer en voz alta. Lo narra el Drago.

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Capítulos
7

Capítulo 1
El Drago abre su cuento

Soy el Drago.

Ese árbol viejo de tronco gordo y arrugado, con las ramas abiertas como un paraguas verde. ¿Me ves? Aquí sigo, quietito, con las raíces bien metidas en la tierra de Canarias, que es donde mejor se está.

Llevo tantos años mirando el mar que ya he perdido la cuenta. Cuando sopla el viento, mis hojas hacen shhh, shhh. Y a mí esas cosquillas me despiertan las historias, una detrás de otra, como cuando se sacude un saco de almendras y van cayendo todas.

La de hoy pasó en una isla redonda, redonda como una galleta. Tiene montañas altas en el medio y playas doradas alrededor. Se llama Gran Canaria.

Acércate un poquito. Así. Ponte cómodo, que empezamos.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando todavía no había coches ni aviones, en Gran Canaria vivían los antiguos canarios. Levantaban casas de piedra, guardaban el trigo y la cebada y hacían vasijas de barro. Y pintaban. ¡Ay, cómo pintaban!

En el norte de la isla había un lugar llamado Gáldar, y allí vivía una joven que se llamaba Andamana.

Dilo conmigo: An-da-ma-na. ¡Eso es!

Las leyendas cuentan que Andamana era una mujer sabia. Palabras difíciles sabía pocas. Lo suyo era escuchar: a los mayores, a los niños, al viento, al mar y hasta a las piedras, que hablan muy poquito y muy despacio. Cuando la gente se enfadaba y no se ponía de acuerdo, ella los sentaba juntos y los ayudaba a hablar con calma, hasta que acababan entendiéndose.

Mira cómo era. Llevaba las trenzas enrolladas alrededor de la cabeza, como una corona hecha de pelo. Vestía un tamarco claro, que es una ropa de piel suave, con una franja tejida de junco. Y en la mano, un bastón de madera.

¿Para pelear? ¡Qué va! El bastón la ayudaba a andar por los caminos de piedra. Y además avisaba a todo el mundo: «aquí viene alguien que piensa antes de hablar».

Toc, toc, hacía el bastón. Toc, toc.

Pero me falta lo mejor. En el brazo izquierdo, Andamana tenía un dibujo: un triángulo pequeñito de color rojo. Ese rojo se llama almagre, y sale de la tierra.

Ahora bien, hubo un tiempo en que ese brazo no tenía nada pintado. Nada de nada. Y de cómo llegó allí el triangulito va este cuento.

Una mañana de sol, los niños de Gáldar vinieron corriendo a buscarla, levantando polvo con los pies descalzos. Pum, pum, pum.

—¡Andamana! ¡Andamana! —gritaban—. ¡Ven a ver!

—¿Qué pasa, mis niños? —preguntó ella, sonriendo.

—Cada uno de nosotros tiene un sello con un dibujo —dijo una niña llamada Arminda—. Pero tú no tienes ninguno. ¿Por qué tú no tienes sello, Andamana?

Andamana se tocó el brazo. Miró el cielo un ratito. Y contestó:

—Tienes razón, Arminda. No tengo sello. Todavía no sé qué dibujo es el mío.

—¿Y eso cómo se sabe? —preguntó un niño pequeño que se llamaba Ayoze, con las rodillas siempre peladas y más preguntas que pelos en la cabeza.

—Pues eso —dijo Andamana— hay que descubrirlo.

Yo lo oí todo desde lejos y moví mis hojas, shhh, shhh, porque sabía que aquel día empezaba un viaje.

¿Tú tienes un dibujo favorito? Piénsalo, pero no me lo digas aún. Me lo cuentas al final.

Capítulo 2
Los sellos de barro

Antes de echarse al camino, Andamana quiso ver bien esos sellos. Se sentó en el suelo con los niños, en corro, a la sombra de una pared.

—Enseñadme vuestros sellos —les pidió.

Y los niños abrieron las manos.

Los sellos eran tan pequeños que cabían en la palma. Estaban hechos de barro, de ese que se moldea con los dedos y luego, al secarse, se pone duro. Algunos tenían un mango, como un botoncito para agarrarlos. Por debajo, en la parte plana, cada uno llevaba su dibujo.

Se llaman pintaderas. Dilo conmigo: pin-ta-de-ras. A mí me gusta cómo suena, como unos pasitos que bajan una escalera.

La de Arminda tenía círculos: uno grande, otro mediano y uno chiquitito dentro. Como cuando tiras una piedra a un charco, plof, y el agua hace redondeles.

La de Ayoze tenía rayitas en zigzag, arriba y abajo, igual que las olas.

Otro niño tenía una de cuadraditos, como un tablero. Y una niña muy seria, que no soltaba la suya ni para rascarse la nariz, la tenía de triángulos que se tocaban por las puntas.

—¡Todas son distintas! —dijo Andamana.

—¡Todas! —respondieron los niños, muy orgullosos.

Era verdad. No había dos iguales, igual que no hay dos personas con la misma risa.

Las pintaderas son de Gran Canaria de toda la vida. En esta isla han aparecido muchísimas. Y aquí viene lo curioso: nadie sabe del todo para qué servían.

Hay sabios de hoy que piensan que servían para marcar cosas, como quien escribe su nombre, para saber de quién era cada una. Otros creen que se usaban para decorar telas, o el pan, o para pintarse la piel. Aún le siguen dando vueltas. Es un misterio pequeñito. ¡Un misterio de barro!

En nuestro cuento, los niños de Gáldar usaban sus pintaderas para estamparse un dibujito de color en el brazo, que es lo que luego hará Andamana. Eso lo pone el cuento. Lo que sabemos de verdad es que las pintaderas existían y que cada una tenía un dibujo diferente.

Arminda mojó su pintadera en un poquito de almagre rojo y la apretó contra el brazo. Plaf. Contó hasta tres: uno, dos, tres. Y la levantó despacito, como quien destapa un regalo.

¡Ahí estaban sus círculos, rojos y redonditos!

—¡Hala! —dijo Ayoze.

—¡Hala! —dijeron todos.

¿Tú también dices «hala» cuando algo te gusta mucho? Venga, dilo conmigo: ¡Hala!

Entonces Ayoze, que no sabía estarse callado, preguntó:

—Andamana, ¿y de dónde salen los dibujos? ¿Quién los inventa?

Andamana sonrió. Le gustaban mucho las preguntas de Ayoze.

—Los dibujos salen de lo que vemos —dijo—. Del mar, del cielo, de las montañas, de las plantas. Y de lo que guardamos en el corazón. Por eso cada uno tiene el suyo.

—¿Y el tuyo? —insistió Ayoze.

—El mío anda escondido en algún sitio de la isla —dijo Andamana—. Voy a ir a buscarlo.

Los niños se miraron entre ellos. Luego la miraron a ella. Y gritaron todos a la vez:

—¡Queremos ir contigo!

Andamana se rio con una risa suave, como agua que corre por una acequia.

—Está bien —dijo—. Pero iremos despacio, mirando y escuchando. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!

Andamana cogió su bastón. Los niños guardaron las pintaderas en una bolsita de piel, y Ayoze, por si acaso, se metió también un puñado de higos pasados en el zurrón.

Toc, toc, hacía el bastón. Pum, pum, hacían los pies.

Yo los vi alejarse por el camino, cada vez más chiquititos, y me dio un poco de envidia. A un árbol también le gustaría irse de excursión de vez en cuando.

Capítulo 3
La cueva de los colores

La primera parada estaba ahí al lado, en el mismo Gáldar.

—Os voy a llevar a un sitio donde las paredes hablan con colores —dijo Andamana.

—¿Las paredes hablan? —preguntó Ayoze, con los ojos como platos.

—Con palabras, no —dijo Andamana—. Hablan con dibujos.

Llegaron a una cueva excavada en la roca. Desde fuera no parecía gran cosa. Pero entraron y… ¡ooooh!

Las paredes estaban pintadas de arriba abajo. Había triángulos, cuadrados y líneas en zigzag. Y todo con tres colores. Te los digo despacito:

Rojo, como el almagre de la tierra.

Blanco, como la espuma de las olas.

Negro, como las piedras de los volcanes.

¿Me los repites? Rojo, blanco y negro.

Los cuadrados iban en fila, pegaditos, como niños de la mano. Los triángulos apuntaban unos hacia arriba y otros hacia abajo. Y los zigzags corrían por la pared como serpentinas de fiesta.

Esta cueva existe de verdad. Hoy la llamamos la Cueva Pintada de Gáldar. Pasó muchísimo tiempo escondida bajo la tierra, tanto que la gente se olvidó de ella, hasta que un día del año 1862 unas personas de Gáldar la encontraron. Imagínate la cara que pusieron al ver tantos colores. Ahora la cuidan con mucho mimo, para que puedan verla los niños de hoy y los que aún no han nacido.

Pero Andamana y los niños la veían recién pintada, con los colores brillando como el primer día.

—¿Quién pintó todo esto? —susurró Arminda.

—Muchas manos —dijo Andamana—. Manos de antes, con mucha paciencia.

Se quedaron callados un buen rato. Hasta Ayoze. Y eso, te lo digo yo, no pasaba casi nunca.

Andamana se acercó a la pared. Puso la mano cerca de un cuadrado, luego cerca de un zigzag y luego cerca de un triángulo.

Al llegar al triángulo, sintió algo pequeñito en el pecho, como una chispa. Tic.

—¿Qué te pasa, Andamana? —preguntó Ayoze.

—Todavía no lo sé —dijo ella—. Este triángulo me gusta. Pero un dibujo hay que elegirlo con los ojos y también con el corazón. Vamos a seguir mirando la isla.

—¿Y si al final eliges el triángulo? —preguntó Arminda.

—Entonces será que la isla me lo ha enseñado —dijo Andamana.

Antes de irse, jugaron a un juego que Andamana se inventó allí mismo. Lo llamó «el juego de las formas».

—Cuando yo diga «triángulo», hacéis un triángulo con las manos —dijo.

Los niños juntaron los índices y los pulgares. ¡Un triángulo!

—Cuando diga «cuadrado», lo dibujáis en el aire.

Y movieron el dedo: arriba, a un lado, abajo, al otro lado. ¡Un cuadrado!

—Y cuando diga «zigzag», movéis los brazos como olas.

¡Zigzag, zigzag, zigzag!

Ahora te toca a ti. Triángulo… ¡muy bien! Cuadrado… ¡estupendo! Zigzag… ¡uy, qué olas más grandes!

La cueva se llenó de risas, ji, ji, ji, ja, ja, ja, y las risas rebotaban en las paredes pintadas como pelotitas.

Luego salieron otra vez al sol, guiñando los ojos.

Toc, toc, hacía el bastón. Pum, pum, hacían los pies. Paso a paso, Andamana va.

Capítulo 4
La montaña de las muchas casitas

Caminaron un rato junto al mar. Las olas llegaban a la orilla haciendo ffffsss, ffffsss, y luego se volvían para atrás, como si se les hubiera olvidado algo.

De pronto Andamana se paró y señaló hacia arriba con el bastón.

—Mirad allí, en aquella montaña.

Los niños levantaron la cabeza. Vieron una pared de roca altísima, junto a un barranco, llena de agujeros. Unos al lado de otros, unos encima de otros, como las celdas de un panal de abejas.

—¿Son casitas? —preguntó Ayoze.

—¿Son casitas para pájaros? —preguntó Arminda.

—Son graneros —dijo Andamana—. La despensa de la gente.

A este sitio hoy lo llamamos el Cenobio de Valerón. Está en el norte de Gran Canaria, y existe de verdad. Los antiguos canarios excavaron en la roca más de doscientas cuevitas para guardar su comida.

Dentro guardaban trigo y cebada. Granos y más granos, para comer todo el año.

—¿Y por qué tan arriba? —preguntó Arminda.

—Porque ahí arriba la comida está seca y fresquita —explicó Andamana—, lejos de la humedad. Y además, porque es de todos.

—¿De todos? —preguntaron los niños.

—De todos —dijo Andamana—. Cuando la cosecha salía buena, se guardaba. Y si luego venían días de poca lluvia, había comida para repartir. Así nadie se quedaba con la barriga vacía.

Ayoze se quedó pensando, con la boca torcida, como se le ponía siempre que pensaba mucho.

—Es como mi abuela, que guarda higos secos para el invierno —dijo—. Y no deja que nadie los toque hasta que llega el frío.

—¡Igualito! —dijo Andamana, y le revolvió el pelo.

Luego les contó una cosa más.

—Hay sabios que piensan que a lo mejor, a veces, se ponían marcas en los graneros para saber qué había en cada uno. Y hay quien dice que las pintaderas servían para eso. Pero nadie lo sabe seguro. Es otro misterio.

—¡Otro misterio de barro! —gritó Ayoze, y todos se rieron.

Vamos a contar las cuevitas de los graneros, ¿quieres? Solo unas pocas, que si las contamos todas nos dan las tantas. Una… dos… tres… cuatro… cinco. ¡Y muchas más!

Andamana estuvo mirando los graneros un buen rato. Tantas cuevitas juntas, y tantas manos para hacerlas. Y otra vez notó la chispa pequeñita en el pecho. Tic.

—¿Otra vez la chispa? —preguntó Arminda, que ya se la conocía.

—Otra vez —dijo Andamana—. Mirad la forma de la montaña.

Los niños miraron. Vista desde abajo, la montaña subía y subía hasta terminar en punta.

—¡Parece un triángulo! —dijo Ayoze.

—Parece un triángulo —repitió Andamana, despacito—. Qué curioso.

Y no dijo nada más. Andamana nunca tenía prisa: primero miraba, luego escuchaba, y solo después decidía.

—Ahora vamos a subir —anunció—. Al centro de la isla, donde las montañas tocan las nubes.

—¿Tocan las nubes? —preguntaron los niños.

—Ya lo veréis.

El camino daba vueltas y más vueltas, como la concha de un caracol.

Yo los miraba desde abajo y cada vez los veía más chiquititos, como hormigas subiendo por una piña. Y movía las hojas para darles ánimo. Shhh, shhh. ¡Venga, caminantes, que ya queda menos!

Capítulo 5
Los dos roques gigantes

Cuanto más subían, más fresquito se ponía el aire. Los niños respiraban hondo: aaaah, fuuuh. Aaaah, fuuuh. Ayoze resoplaba más que nadie, porque ya se había comido la mitad de los higos.

Por el camino se encontraron con algunos amigos.

El primero estaba pegado a una roca. Era una planta pequeña y redonda, con las hojas gorditas puestas unas encima de otras, como los pétalos de una rosa.

—¡Una flor de piedra! —dijo Arminda.

—Es un bejeque —dijo Andamana—. ¿Veis qué hojas tan gorditas? ¿Sabéis por qué son así?

Los niños dijeron que no con la cabeza.

—Porque el bejeque es muy listo. Cuando llueve, guarda agua dentro de las hojas. Y cuando hace calor y no cae ni una gota, se la va bebiendo poco a poco. Por eso puede vivir en las rocas, donde casi no hay tierra.

—¡Como los graneros! —dijo Ayoze—. ¡Guarda para luego!

—¡Muy bien pensado, Ayoze! —dijo Andamana.

Si tú fueras un bejeque, ¿qué guardarías en tus hojas? Yo creo que Ayoze guardaría higos. Ji, ji, ji.

Un poco más arriba, encima de una piedra calentita, había otro amigo tomando el sol, quieto, quieto. Era grande, más largo que el brazo de un niño, con la piel llena de escamitas.

—¡Un lagarto! —susurró Arminda—. ¡Qué grande!

—Es el lagarto gigante de Gran Canaria —dijo Andamana, también bajito—. Solo vive en esta isla. No hace daño. Le gusta el sol y comer hojitas y frutitas. No lo molestemos.

El lagarto abrió un ojo. Luego el otro. Movió la cabeza, así, así. Y de repente, chas, chas, chas, salió corriendo a esconderse entre las piedras.

Ese lagarto sigue viviendo hoy en Gran Canaria. Si un día vas a la isla, a lo mejor te encuentras uno tomando el sol. Tú lo miras de lejos, sin molestarlo, como hicieron Arminda y Ayoze.

Siguieron subiendo. Y de pronto el camino se abrió y delante de ellos apareció… ¡ooooh!

Una roca enorme, altísima, levantada hacia el cielo como un dedo que señala las nubes. Y había nubes de verdad pasándole por al lado, blancas y sin prisa.

—Este es el Roque Nublo —dijo Andamana.

—¡Toca las nubes! —gritó Ayoze—. ¡Las toca de verdad!

El Roque Nublo sigue ahí hoy, y en Gran Canaria lo conoce todo el mundo. Se formó hace muchísimo tiempo con el fuego de los volcanes, y luego el viento y la lluvia lo fueron moldeando, poquito a poco.

Andamana señaló un poco más lejos.

—Y allí está su hermano. El Roque Bentayga.

El Roque Bentayga es otra roca grande, redonda y fuerte, encima de una montaña. Para los antiguos canarios era un lugar importante. Subían allí a mirar el cielo, el sol y las estrellas, y a celebrar los días grandes de la vida. Hoy se ven aún en la piedra huellas de lo que ellos tallaron.

Los niños se sentaron en el suelo. Desde allí veían el Roque Nublo, el Roque Bentayga y la isla entera ahí abajo, redonda como una galleta, con el mar azul alrededor.

Andamana se quedó mirando las dos rocas sin decir nada. Las dos subían hacia el cielo y acababan arriba del todo, como si dijeran: «Mira para arriba».

Tic. Otra vez la chispa. Esta vez más fuerte. Tic, tic.

—Andamana —dijo Arminda bajito—, ¿ya sabes cuál es tu dibujo?

Andamana sonrió.

—Casi —dijo—. Me falta un último sitio. Vamos a bajar hacia el este, hacia Tara. Allí vive alguien a quien quiero visitar.

Toc, toc, el bastón. Pum, pum, los pies. Y Ayoze, detrás de todos, contando los higos que le quedaban: tres.

Capítulo 6
La figurita de Tara

Bajar es más fácil que subir. Eso lo sabe cualquiera que haya subido una cuesta. Los niños bajaban casi corriendo, dando saltitos. Hop, hop, hop.

—¡Despacio, despacio! —decía Andamana, riéndose—. ¡Que los caminos de piedra hay que andarlos con cuidado!

Y los niños bajaron más despacito, de la mano, un, dos, un, dos.

Llegaron a un sitio en el este de la isla, cerca de lo que hoy llamamos Telde. Allí estaba Tara. Había casas de piedra, gente trabajando y un olor a comida que hizo rugir la barriga de Ayoze.

En una de las casas vivía una alfarera. Una alfarera es una persona que hace cosas de barro con las manos: vasijas, cuencos, platos… ¡y pintaderas!

—Bienvenidos —dijo la alfarera, con las manos manchadas de barro hasta los codos—. Pasad, pasad.

Dentro había vasijas por todas partes, grandes y pequeñas, gorditas y delgadas. Muchas estaban pintadas con líneas rojas, con triángulos, con zigzags. ¡Igual que la cueva de Gáldar!

—¡Mirad! —dijo Ayoze—. ¡Las vasijas también están pintadas!

—Claro —dijo la alfarera—. Una vasija sirve para guardar agua o leche. Pero si además es bonita, te alegra cada vez que la miras.

Las vasijas pintadas de los antiguos canarios de Gran Canaria se pueden ver hoy en los museos, y conservan sus colores.

Pero lo mejor estaba al fondo de la casa, encima de una piedra plana. Era una figurita de barro con forma de persona, sentada, con unas piernas muy gorditas y redondas y los brazos sobre el pecho.

—¿Quién es? —preguntó Arminda.

—No lo sabemos del todo —dijo la alfarera—. Es una figura muy antigua. Hay quien dice que nos recuerda que la tierra nos da comida y vida. Por eso tiene esas formas tan redondas y generosas.

Esta figurita también existe de verdad. La llamamos el Ídolo de Tara, porque apareció en Tara, en Telde, y está guardada con mucho cuidado en un museo de Las Palmas de Gran Canaria, el Museo Canario. Qué significaba para los antiguos canarios, tampoco lo sabemos del todo. ¿Te acuerdas de cómo llamaba Ayoze a estas cosas?

¡Eso! ¡Un misterio de barro!

Andamana estuvo mucho rato mirando la figurita. Luego las vasijas pintadas. Luego sus propias manos.

—Alfarera —dijo por fin—, ¿me ayudarías a hacer una pintadera?

—Con mucho gusto —dijo la alfarera—. ¿Ya sabes qué dibujo quieres?

Andamana cerró los ojos y repasó el viaje entero: el triángulo de la cueva de Gáldar, la montaña de los graneros que acababa en punta, y el Roque Nublo y el Roque Bentayga mirando al cielo.

Tic, tic, tic, hizo la chispa.

—Sí —dijo Andamana, abriendo los ojos—. Ya lo sé. Un triángulo. Un triángulo pequeñito.

Los niños aplaudieron. Plas, plas, plas.

La alfarera le dio un trocito de barro húmedo, que olía a tierra mojada después de la lluvia. Andamana lo apretó entre las manos y lo dejó redondito. Lo aplanó por debajo y le hizo un mango chiquitito para agarrarlo. Después, con una ramita afilada, dibujó con mucho cuidado en la parte plana una línea hacia arriba, una línea hacia abajo y una línea de lado. ¡Un triángulo!

—Ahora hay que dejarla secar y ponerla al fuego para que se endurezca —dijo la alfarera.

Mientras la pintadera se secaba, los niños jugaron fuera, al sol, haciendo triángulos con los dedos. A Ayoze le salió uno tan torcido que parecía un higo, y se estuvo riendo él solo un buen rato.

¿Haces tú también un triángulo con los dedos? Junta las puntas así… ¡Ese sí que te ha salido bien!

Al día siguiente la pintadera estaba lista. Andamana la guardó en su bolsita de piel, pegadita al corazón.

—Ahora —dijo—, volvamos a casa.

Y echaron a andar hacia el norte, con el bastón delante y los pies detrás, toc, toc, pum, pum, paso a paso.

Capítulo 7
Un triángulo en el brazo

El camino de vuelta a Gáldar fue largo, pero se les hizo corto porque los niños fueron cantando todo el rato. Andamana sonreía y el sol los acompañaba desde arriba.

Cuando llegaron, salió a recibirlos todo Gáldar: los mayores, las madres, los padres, los abuelos y las abuelas. También la abuela de Ayoze, que lo primero que hizo fue mirarle el zurrón.

—¡Han vuelto! ¡Han vuelto! —decía todo el mundo.

Y yo moví las ramas de alegría. Shhh, shhh. ¡Bienvenidos a casa!

Esa tarde se sentaron todos en corro, en la plaza. Andamana sacó la pintadera de la bolsita, la mojó en almagre rojo y la levantó para que todos la vieran.

Nadie decía nada. Todos miraban.

Andamana apretó la pintadera contra su brazo izquierdo. Plaf. Contó hasta tres. Uno… dos… tres…

Y la levantó.

¡Ahí estaba! Un triángulo pequeñito, rojo como la tierra de la isla.

—¡Hala! —dijeron los niños.

—¡Hala! —dijeron los mayores.

¿Y tú? ¡Hala!

—¿Por qué un triángulo, Andamana? —preguntó Arminda—. Cuéntanoslo.

Andamana se tocó el brazo con cariño y habló despacito, como hablaba siempre.

—Porque lo vi en la cueva de los colores, donde muchas manos pintaron juntas. Lo vi otra vez en la montaña de los graneros, donde se guarda comida para todos. Y lo vi en los roques, que miran al cielo. Así que cada vez que me mire el brazo me voy a acordar de mirar con cuidado, de compartir y de levantar la vista para soñar.

—Mirar, compartir y soñar —repitieron los niños.

¿Lo dices tú también? Mirar, compartir y soñar.

Entonces Ayoze levantó su pintadera de zigzag.

—Andamana —dijo—, ¿y si estampamos todos los sellos juntos?

—¡Qué buena idea! —dijo ella.

Trajeron una piel grande y lisa, y uno por uno los niños fueron estampando sus pintaderas. Plaf, los círculos de Arminda. Plaf, el zigzag de Ayoze. Plaf, los cuadraditos. Plaf, los triángulos que se tocaban por las puntas. Y el último, plaf, el triángulo pequeñito de Andamana.

Cuando acabaron, se echaron un poco para atrás para verlo bien.

No había dos dibujos iguales. Y aun así, todos juntos parecían una sola cosa, una cosa nueva que no era de nadie en particular y era de todos a la vez.

—Mirad —dijo Andamana—. Cada uno tiene su dibujo. Y juntos, somos una sola historia.

Y así fue, según cuenta la leyenda, como Andamana, la joven sabia de Gáldar, encontró su triángulo.

Ya se está haciendo de noche. Sobre Gran Canaria empiezan a salir las estrellas: una, dos, tres… cientos. Yo sigo aquí, con las raíces en la tierra, escuchando el mar. Ffffsss, ffffsss.

Antes de que cierres los ojos, una cosa. Al principio te pedí que pensaras en tu dibujo favorito. ¿Ya lo tienes? Puede ser un círculo, una estrella, un zigzag como las olas o un triángulo como el de Andamana.

Sea el que sea, ese dibujo es tuyo, igual que tu risa.

Recuerda: en Canarias hay siete islas. Siete islas, siete historias, una memoria compartida. Y una de ellas ya te la sabes.

Shhh, shhh, dice el viento entre mis hojas.

Buenas noches, pequeño. Buenas noches, pequeña.

Soy el Drago. Aquí me quedo, esperándote, con la próxima historia guardada entre las ramas.

Fin.

Fin

Nota para familias

Casi todo lo que aparece en este cuento se puede visitar o ver en un museo. La Cueva Pintada de Gáldar existe y se descubrió en 1862; sus paredes están decoradas con figuras geométricas en rojo, blanco y negro. Las pintaderas son sellos de barro (y alguna vez de madera) muy propios de Gran Canaria, y cada uno lleva un dibujo distinto. Para qué se usaban exactamente todavía se discute, y nos pareció mejor contárselo a los niños tal cual: como un misterio que nadie ha resuelto.

El Cenobio de Valerón fue un granero colectivo excavado en la roca. El Ídolo de Tara es una figura de barro que se conserva en El Museo Canario. El Roque Nublo y el Roque Bentayga son reales, y el Bentayga fue un lugar importante para los antiguos canarios. El bejeque y el lagarto gigante de Gran Canaria siguen viviendo en la isla, por si os apetece buscarlos en alguna excursión (al lagarto, mejor de lejos).

La parte inventada es esta: Andamana es una figura de la tradición, recordada como mujer sabia de Gáldar, pero su viaje, Arminda, Ayoze, la alfarera y el origen del triángulo de su brazo son cosa de este cuento.

Si al terminar os quedan ganas de charlar un rato, aquí van tres preguntas para tirar del hilo:

  1. Si tuvieras una pintadera, ¿qué dibujo le pondrías y por qué?
  2. ¿Qué guardarías tú para compartir, como en los graneros?
  3. ¿Qué colores había en la Cueva Pintada? ¿Los buscamos en casa?
Portada del libro para colorear de Gran Canaria

El libro para colorear de Gran Canaria

Andamana pinta en la Cueva Pintada de Gáldar.

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