Portada del libro para colorear de Lanzarote

Ico y la isla que aprendió a florecer

Cuento de Lanzarote para leer en voz alta. Lo narra el Drago.

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Lectura
Unos 28 minutos
Capítulos
7

Capítulo 1
Una niña con pelo de miel

Shhh… Acércate un poquito. Un poco más. Ahí, justo ahí.

Soy el Drago. Soy un árbol viejo, tan viejo que ya perdí la cuenta de mis cumpleaños. Tengo el tronco gordo y arrugado, como las manos de los abuelos, y las ramas abiertas como un paraguas verde. Y tengo una cosa muy especial: me acuerdo de todo. De todito.

Cuando el viento me pasa entre las hojas, hace así: fsss, fsss. Con ese fsss yo empiezo a recordar, y recordando, recordando, viajo en el tiempo. ¿Te vienes conmigo? Cierra los ojos un momento… uno, dos y tres… Ya puedes abrirlos.

Hoy vamos a una isla del mar Atlántico, de esas que están muy cerquita de África. Se llama Lanzarote. A ver cómo lo dices tú: Lan-za-ro-te. Eso es.

Lanzarote tiene montañas redondas, como bollos de pan recién sacados del horno. Tiene playas de arena blanca y playas de arena negra. Sol, mucho. Viento, muchísimo. ¿Y lluvia? Casi nada, cuatro gotas mal contadas. Por eso allí las plantas y las personas tienen que ser muy listas para guardar el agua.

Hace muchísimo tiempo, en esa isla vivía una niña. Bueno, una muchacha, ya casi mayor. Se llamaba Ico. ¿Lo dices conmigo? I-co. Un nombre tan cortito que cabe en un bolsillo.

Ico tenía el pelo claro, color miel, como la miel cuando brilla en la cuchara y le da el sol. Tenía la cara llena de pecas pequeñitas, puntitos de canela por aquí y por allá. Y llevaba una trenza gorda que le caía sobre el hombro y se balanceaba al caminar: zis, zas, zis, zas.

Su vestido le llegaba hasta el suelo. Era de piel, muy bien cosida, y abajo del todo tenía una franja con puntitos, como si alguien le hubiera dibujado un collar de semillas en el bajo de la falda. ¿Tú tienes alguna ropa con puntitos?

Ico se pasaba el día con cabras. Las tenía blancas y negras, marrones, y alguna con tantas manchas que parecía un mapa. Cada mañana abría el corral y decía:

—¡Vamos, cabritas! ¡Vamos a pasear!

Y las cabras contestaban: ¡beee, beee, beee!

La más pequeña de todas iba siempre pegada a las piernas de Ico. Tenía una manchita blanca en la frente, igual que una estrella, y por eso Ico la llamaba Lucerito.

—Lucerito, no te quedes atrás —le decía Ico.

Y Lucerito daba saltitos: tip, tap, tip, tap. A veces, de paso, le mordisqueaba la punta de la trenza, por si sabía a miel de verdad.

Ahora te voy a contar un secreto, así que acércate. La leyenda dice que Ico era distinta a los demás. En su pueblo casi toda la gente tenía el pelo oscuro y la piel morena, tostada por el sol. Y ella, con su pelo de miel y sus pecas, se veía desde lejos, como una cabra blanca en medio de un rebaño negro. Algunos la miraban y decían:

—¡Qué rara es Ico! No se parece a nosotros.

A veces Ico se sentaba en una piedra, se miraba la trenza y suspiraba: ayyy.

—¿Por qué seré tan distinta? —le preguntaba a Lucerito.

Lucerito, que era muy sabia para ser tan pequeña, le daba un empujoncito con la cabeza y le contestaba: ¡beee!

Yo creo que quería decir: «A mí me gustas así».

Y yo, el Drago, pienso lo mismo. Porque yo tampoco me parezco a los demás árboles. No tengo hojas como las higueras ni flores como los almendros. Y cuando me hago una heridita, me sale una savia roja, roja como un tomate. ¡Fíjate tú! Pues nadie me ha dicho nunca que eso esté mal.

Así que te voy a contar la historia de Ico. Y la de su isla, que tampoco se parece a ninguna otra. Ya verás por qué.

Escucha, el viento ya está empujando. Vamos detrás de Ico y de sus cabras, que se nos escapan.

Capítulo 2
Los majos y sus casas hondas

Ico vivía con su gente, y su gente eran los majos. Ma-jos. Los majos fueron los antiguos habitantes de Lanzarote. Vivieron allí mucho antes que tus abuelos, y antes que los abuelos de tus abuelos, y antes que los abuelos de los abuelos de tus abuelos. ¡Uf! Me he mareado con tantos abuelos.

Vivir en una isla donde casi no llueve es difícil, y los majos sabían hacerlo. ¿Tú qué harías si casi nunca lloviera? Piénsalo un momentito, que yo te espero.

Ellos guardaban el agua de lluvia en unos hoyos grandes en el suelo que se llaman maretas. Cuando llovía, el agua corría por la tierra y caía dentro: plic, plic, plic, plof. Y allí se quedaba quietecita, guardada como se guarda un tesoro. En Lanzarote, cada gota contaba.

Los majos tenían muchas cabras, igual que Ico. Las cabras daban leche, y con la leche hacían queso. ¿A ti te gusta el queso? A mí nunca me han dejado probarlo, porque soy un árbol. Pero dicen que estaba buenísimo.

También comían gofio, que es harina de grano tostado. Cogían la cebada, la tostaban al fuego y luego la molían con dos piedras redondas que daban vueltas y más vueltas: ras, ras, ras, ras. Salía un polvito marrón que olía a pan calentito. ¡Mmmm!

Algunas de sus casas eran casas hondas, medio metidas dentro de la tierra, como una madriguera grande. Cuando el sol aprieta, ahí dentro se está fresquito, y cuando sopla el viento, el frío se queda fuera. Listos, los majos, ¿eh?

Ico vivía en una de esas casas. Por la mañana subía los escalones de piedra, saludaba a su familia, se guardaba un poco de gofio y un trozo de queso para el camino, y salía con las cabras.

—¡Buenos días, Ico! —le decía una vecina que molía grano, con las manos blancas de harina hasta los codos.

—¡Buenos días! —contestaba Ico.

Pero algunos niños del poblado se reían un poquito cuando la veían pasar.

—¡Mira, ahí va la del pelo amarillo!

—¡Tiene la cara llena de puntitos!

Ico agachaba la cabeza y seguía andando. La trenza ya no hacía zis, zas. Colgaba quieta, como una cuerda mojada.

Un día se le acercó un niño pequeño, con el pelo negro y rizado y los ojos muy abiertos. Llevaba un rato siguiéndola de lejos.

—Ico, ¿por qué tus cabras siempre están tan contentas?

Ico se quedó pensando.

—Porque las conozco una a una —dijo—. Sé cuál tiene sed y cuál está cansada. Y la que quiere jugar me empuja con los cuernos, que esa es fácil.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque las miro con mucha atención. Cada una es distinta, ¿sabes? No hay dos iguales.

El niño se rió, pero esta vez era una risa de las buenas.

—¡Como tú! —dijo.

Ico se puso tan colorada que las pecas casi desaparecieron. ¿Te imaginas?

Esa tarde caminó con las cabras por el campo. Pasaron junto a unos arbustos redonditos y verdes que crecían entre las piedras, gorditos como cojines.

—Mira, Lucerito —dijo Ico—. Una tabaiba.

La tabaiba es una planta muy valiente. Vive en sitios donde casi no llueve. Tiene las ramas gruesas como dedos, con unas hojitas pequeñas en la punta, y por dentro guarda un juguito blanco que parece leche. Le das poquísima agua y ella aguanta, aguanta, y sigue aguantando.

—La tabaiba no se parece a las plantas de los valles verdes —dijo Ico—. Pero aquí es la que mejor vive.

Se quedó mirándola un buen rato. Y por primera vez pensó: «A lo mejor ser distinta no es tan malo».

Lucerito, mientras tanto, intentaba darle un mordisco a la tabaiba. Ico la apartó justo a tiempo.

Fsss… ¿Lo oyes? El viento tiene prisa por seguir.

Capítulo 3
Los muros de piedra de Zonzamas

Una mañana Ico se levantó tempranísimo. El cielo todavía estaba rosa, del color de un caramelo de fresa.

—Hoy vamos lejos —les dijo a sus cabras—. Nos vamos a Zonzamas.

—¡Beee! —dijeron las cabras.

—¡Beee! —dijo Lucerito, que siempre quería decir la última palabra.

Zonzamas está en el centro de Lanzarote. Allí hay muros grandísimos, hechos con piedras enormes puestas una encima de otra, sin cemento ni nada. Piedra sobre piedra, cada una en su sitio, como un puzle gigante.

¿Alguna vez has hecho una torre con bloques y se te ha caído? A mí se me caerían todas, porque no tengo manos. Pues los majos colocaban las piedras tan bien que muchos de esos muros siguen en pie después de cientos y cientos de años.

Hoy en Zonzamas trabajan unas personas que estudian esas piedras con mucho cuidado, con pinceles y cuadernos. Se llaman arqueólogos. Buscan pistas, como los detectives, para saber cómo vivían los majos. Y alguna pista que otra han encontrado.

Y te cuento otra cosa. Las historias antiguas dicen que allí vivió un rey de los majos que se llamaba igual que el lugar: Zonzamas. Por eso mucha gente llama a esas ruinas «el palacio de Zonzamas».

Ico llegó caminando con sus cabras cuando el sol ya estaba alto y las piedras se habían puesto calentitas.

—¡Qué grandes son! —dijo, y puso la mano abierta sobre el muro.

Eran piedras de color gris oscuro, con agujeritos, como una esponja dura. Piedras de volcán. Toda Lanzarote nació del fuego de la tierra, hace muchísimo tiempo. Pero eso te lo cuento luego, que tiene su miga.

Ico se sentó a la sombra del muro. Las cabras se pusieron a buscar hierbitas entre las piedras: ñam, ñam, ñam.

Entonces llegó una mujer mayor, con el pelo blanco y una sonrisa llena de arrugas.

—Hola, muchacha —le dijo—. ¿Qué haces tan lejos de tu casa?

—He venido a ver los muros —contestó Ico—. Me gusta saber cómo se hacen las cosas grandes.

La mujer se sentó a su lado, despacito, con un quejido de rodillas viejas.

—¿Y sabes cómo se hizo este? —preguntó.

Ico dijo que no con la cabeza.

—Con muchas piedras distintas —dijo la mujer—. Mira bien. Esta es grande y esta es pequeña. Esta, redonda. Esta otra, alargada. Y aquella de allí tiene un pico. No vas a encontrar dos iguales.

Ico miró. Era verdad.

—Si todas fueran iguales —siguió la mujer—, el muro no se sujetaría tan bien. Cada piedra tiene su forma, y cada forma encaja en un hueco. La del pico entra en el hueco que deja la redonda. La pequeña rellena lo que queda entre las grandes. Y así, juntas, llevan años y años aguantando el viento.

Mientras hablaba, cogió una piedrecita del suelo y la metió en una rendija del muro. Encajó con un toc.

Ico se quedó callada. Se tocó la trenza. Luego se tocó las pecas de la nariz, como si las contara.

—Entonces… ¿ser distinta está bien? —preguntó bajito.

La mujer le guiñó un ojo.

—En un muro bien hecho, cada piedra hace falta. Y en un pueblo, igual.

Ico sonrió de oreja a oreja.

—¡Beee! —dijo Lucerito, como si lo hubiera entendido todo. Aunque lo más seguro es que estuviera pidiendo queso.

Esa tarde, de vuelta a casa, Ico iba cantando y dando saltitos, igual que su cabrita: tip, tap, tip, tap. Y la trenza volvía a moverse, ahora muy deprisa: ¡zis, zas, zis, zas!

Yo la miraba desde lejos, con todas las hojas contentas. ¿A ti alguien te ha dicho alguna vez algo bonito que te dejó sonriendo todo el camino?

Ahora agárrate fuerte, que vamos a subir muy alto.

Capítulo 4
El Risco de Famara y el canto de las pardelas

Al norte de Lanzarote hay un sitio altísimo que se llama el Risco de Famara. Es una pared de roca enorme que sube desde el mar hasta casi tocar las nubes. Desde arriba, las personas de abajo parecen hormiguitas y las olas parecen espuma de jabón.

Un día Ico subió hasta allí con sus cabras. Las cabras trepan de maravilla, ¿lo sabías? Suben por las rocas como quien sube una escalera: tip, tap, tip, tap, ¡hop!

Ico llegó arriba despacito, con mucho cuidado y bien lejos del borde. Se sentó en una piedra, respiró hondo, fiuuu, y miró.

¡Ay, qué vista!

Abajo estaba el mar, más azul que el cielo. Y en medio del mar había otra isla, pequeña y plana, de color dorado y marrón, con montañitas redondas.

—¿Qué isla es esa? —le preguntó Ico al viento.

Y el viento, que me conoce bien, le contestó con mi voz: fsss, fsss… Es La Graciosa.

La Graciosa es una isla pequeñita que está al lado de Lanzarote, separada solo por un brazo de mar. Desde el Risco de Famara se ve tan cerca que parece que podrías alargar la mano y tocarla. La Gra-cio-sa. A mí ese nombre siempre me da un poquito de risa.

Ico se quedó allí hasta que empezó a atardecer. El sol se puso naranja, como una mandarina, y el mar se volvió dorado.

Entonces se oyó un sonido muy curioso. Venía de las rocas y del mar, y sonaba así: ¡ua-ua, ua-ua, ua-ua!

—¿Quién llora? —dijo Ico, mirando a todas partes—. ¿Hay un bebé por aquí?

Lucerito levantó las orejas. Ella tampoco lo sabía.

Eran las pardelas.

Las pardelas son pájaros del mar. Tienen las alas larguísimas y vuelan pegaditas a las olas, casi rozando el agua. Se pasan el día en el mar buscando pececitos, y cuando se hace de noche vuelven a sus nidos, escondidos en huecos de las rocas. Al volver se llaman unas a otras: ¡ua-ua, ua-ua! Por eso hay quien dice que cantan igual que llora un bebé.

¿Sabes hacer el canto de la pardela? Venga, conmigo: ¡ua-ua, ua-ua! Uy, pues te ha salido mejor que a mí.

Ico miró a las pardelas. Volaban bajito, daban vueltas sobre el agua y luego subían a las rocas, hasta sus casitas escondidas.

—Las pardelas no se parecen a las gallinas —pensó Ico—. Ni a las palomas. Ni a los cuervos. Con esas alas tan largas y ese canto tan raro, y viviendo entre el mar y la roca…

Se quedó un rato pensando, con la barbilla apoyada en las rodillas.

—Pero si no fueran así, no podrían vivir aquí. Con esas alas aguantan todo el día sobre el mar. Y con ese canto se encuentran en la oscuridad.

Lucerito se acurrucó a su lado y Ico le acarició la cabecita.

—¿Sabes, Lucerito? Creo que cada uno es como es por algo. A lo mejor yo también.

Justo entonces una pardela pasó volando muy cerca: ¡ua-ua! Como si dijera: «¡Pues claro!».

Ico bajó del risco despacito, con las cabras delante, mientras todavía quedaba un poco de luz. Esa noche, en su casa honda, se durmió oyendo a lo lejos a las pardelas. Y soñó que volaba sobre el mar con la trenza al viento, hasta La Graciosa.

¿Tú con qué sueñas cuando te duermes?

Ahora escúchame bien, porque vamos a dar un salto muy largo. Lo que viene después pasó muchísimos años más tarde, cuando Ico ya no estaba. Pero yo, el Drago, puedo viajar en el tiempo, ¿te acuerdas? Cierra los ojos otra vez… fsss, fsss… uno, dos y tres… ¡Allá vamos!

Capítulo 5
Las Montañas del Fuego

Ya estamos. Hemos viajado muchos años hacia delante. Ico vivió hace mucho, mucho tiempo, y ya no está aquí. Pero en Lanzarote sigue habiendo gente que cuida cabras, que trabaja la tierra y que se queda un rato mirando el mar. Y alguna niña con pecas, también.

Ahora estamos en el año 1730. Mil setecientos treinta. Un número tan largo que no me cabe en una rama.

Un día de ese año, la tierra de Lanzarote empezó a hacer ruidos por dentro, muy por dentro: brrrrum, brrrrum. Como cuando te ruge la tripa porque tienes hambre, pero muchísimo más fuerte.

Y entonces… ¡PUM! Se abrió una montaña y empezó a salir fuego de la tierra. Ese fuego se llama lava. La lava es roca tan caliente que se derrite y corre como una sopa espesa y naranja.

Era un volcán. Y detrás vino otro, y otro más allá, y luego otro más. De los volcanes salía humo, saltaban chispas y caía del cielo muchísima ceniza. Parecía nieve, pero era nieve negra.

Claro que la gente se asustó. Fue un susto muy gordo. ¿Tú qué harías si vieras salir fuego de una montaña?

Ellos fueron valientes, y listos también. Recogieron sus cosas, cogieron a sus animales y se fueron a vivir a otros lugares de la isla, lejos del fuego. Hubo familias que incluso cruzaron el mar hasta otras islas. Los vecinos se echaban una mano, como hace la gente buena cuando las cosas se ponen feas.

Y los volcanes seguían y seguían. ¿Cuánto crees que duraron? Casi seis años. Desde 1730 hasta 1736. ¡Seis cumpleaños enteros con volcanes!

En un pueblo que se llama Yaiza había un cura que iba apuntando lo que veía. Gracias a sus papeles, hoy sabemos muchas cosas de lo que pasó.

Cuando por fin los volcanes se cansaron y se quedaron quietos, dormiditos, la isla había cambiado muchísimo. Donde antes había campos verdes ahora había piedras negras y retorcidas, como galletas que se han quemado en el horno. Y donde antes había llanuras habían salido montañas nuevas, redondas y de colores: rojas, negras, marrones, naranjas, moradas. ¡Parecía otro planeta!

A esas montañas las llamaron las Montañas del Fuego, y hoy ese lugar se llama Timanfaya. Ti-man-fa-ya. Dilo conmigo, que suena a tambor.

Todavía hoy, en algunos sitios de Timanfaya, la tierra está calentita. Tan calentita que si echas un poco de agua en un agujero, sale disparada hacia arriba como una fuente: ¡fiuuuuu, chssss! Y si metes unas ramitas secas en un hueco, se encienden solas. Los volcanes duermen, pero respiran un poquito, como respiras tú cuando duermes la siesta.

La gente visita Timanfaya en autobús, por caminos especiales, porque es un parque muy protegido. Y van mirando por la ventana con la boca abierta: ¡ooooh!

Pero lo mejor viene ahora. Escucha.

Después de los volcanes, la gente de Lanzarote volvió a mirar su isla. Había ceniza negra por todas partes. Los campos estaban cubiertos de piedrecitas negras y ligeras que crujían al pisarlas: cruc, cruc, cruc.

Y pensaron: «¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo vamos a plantar aquí?».

A veces, de un susto, sale una idea. Y de este susto salió una muy buena.

¿Quieres saber cuál? Ven, que te la cuento.

Capítulo 6
La Geria, el jardín de los hoyos

Después de los volcanes había muchos campesinos y campesinas, gente que trabajaba la tierra. Una mañana, uno de ellos salió a mirar su campo cubierto de ceniza negra.

Se agachó, cogió un puñado de piedrecitas y notó algo raro.

—¡Están húmedas! —dijo—. ¡Pero si no ha llovido!

¿Cómo podía ser?

Por las noches, en Lanzarote, el aire trae un poquito de humedad. Es el rocío: gotitas pequeñísimas de agua que aparecen de madrugada sobre las plantas y las piedras, como si alguien las hubiera rociado con un pulverizador: pss, pss, pss.

Y la ceniza del volcán, con tantos agujeritos, atrapa ese rocío como una esponja y no deja que el sol se lo lleve. Debajo, la tierra se queda fresquita y húmeda.

¡La ceniza era una manta que guardaba el agua!

Entonces a la gente se le ocurrió una cosa.

—Vamos a cavar hoyos.

Y cavaron. Hicieron hoyos grandes y redondos en la ceniza, como cuencos de gigante, hasta llegar a la tierra buena de debajo. Chac, chac, chac, sonaban las herramientas.

En el fondo de cada hoyo plantaron una parra. Una sola en cada hoyo. La parra es la planta que da las uvas. ¿A ti te gustan las uvas? A Lucerito le habrían encantado, pero esa es otra historia.

Quedaba un problema. ¿Te acuerdas del viento de Lanzarote? ¡Fuuuuu, fuuuuu! El viento podía llevarse la ceniza y despeinar a las parras chiquititas.

Así que pensaron otra cosa. Cogieron piedras de volcán y levantaron muritos bajitos alrededor de cada hoyo. Pero no los cerraron en círculo: los hicieron con forma de media luna. ¿Sabes cómo es la media luna? Como una sonrisa, o como unos brazos abiertos para dar un abrazo.

Ponían cada murito del lado por donde llegaba el viento. El murito paraba el viento y la parra se quedaba tranquila, abrigadita en su hoyo, como un bebé en su cuna.

¿Te acuerdas de los muros de Zonzamas, con sus piedras distintas bien colocadas? Pues la gente de Lanzarote, tantísimos años después, seguía sabiendo poner piedra sobre piedra.

Hoyo a hoyo y murito a murito, nació un paisaje nuevo. Se llama La Geria. La Ge-ri-a. No hay en el mundo otro sitio igualito.

Si hoy subes a una montañita y miras La Geria desde arriba, verás todo el suelo negro. Y sobre ese negro, miles de hoyos redondos, uno al lado del otro, como si un gigante hubiera ido haciendo agujeritos con el dedo. Cada hoyo con su murito en media luna. Y dentro, una parra verde, verdísima.

Negro y verde, negro y verde, negro y verde. Como un tablero para jugar a las damas.

En verano las parras se llenan de racimos, y la gente los recoge con cuidado, cantando y riendo.

Aquella gente miró la ceniza con atención, igual que Ico miraba a sus cabras. Y en un sitio donde parecía que no iba a crecer nada, crecieron uvas.

Yo, el Drago, cuando lo vi por primera vez, me puse tan contento que se me movieron todas las hojas a la vez: ¡fsss, fsss, fsss, fsss!

Y con ese mismo fsss vamos a volver atrás. Ico nos está esperando.

Capítulo 7
Lucerito se esconde

Cierra los ojos… uno, dos y tres… Ya hemos vuelto. Estamos otra vez en el tiempo de Ico, con los majos, mucho antes de los volcanes de Timanfaya.

Era una tarde de viento. Ico estaba en el campo con sus cabras, contándolas como cada tarde. Y le faltaba una. La más pequeña. ¿Dónde estaba Lucerito?

—¡Lucerito! ¡Lucerito! —llamó Ico.

Nada. Solo se oía el viento: fuuuuu.

Ico se asustó. El corazón le hacía pum, pum, pum. Buscó detrás de las piedras y entre las tabaibas. Se asomó por encima de un muro. Ni rastro.

—¡Lucerito! ¿Dónde estás?

Entonces se paró y respiró hondo: fiuuu. Y pensó: «Si me pongo nerviosa, no la voy a encontrar. Voy a pensar como pienso con mis cabras. Voy a mirar con mucha atención».

Y se acordó de dos cosas. Lucerito siempre buscaba la sombra cuando hacía calor. Y le encantaban las hierbitas tiernas. ¿Dónde había sombra y hierbitas por allí cerca?

—¡Ya lo sé! —dijo Ico—. ¡Junto a la mareta!

Corrió hasta la mareta, donde la tierra estaba un poco más húmeda. Y allí, detrás de una piedra grande, a la sombra, estaba Lucerito, comiendo hierbitas tan tranquila: ñam, ñam, ñam.

—¡Beee! —dijo Lucerito, como si no hubiera pasado nada.

Ico se rió tanto que tuvo que sentarse en el suelo.

—¡Qué susto me has dado! —le dijo, abrazándola—. Pero, ¿sabes? Gracias al susto se me ha ocurrido una idea.

Esa tarde volvió al poblado y les contó a todos su idea, que era muy sencilla.

—Cuando una cabra se pierde, vamos a buscarla pensando en lo que le gusta. Si le gusta la sombra, buscamos en la sombra. Si le gusta el agua, buscamos junto al agua. Cada cabra es distinta, y por eso cada una se esconde en un sitio distinto.

La gente se quedó callada. Luego la vecina que molía grano dijo:

—¡Qué buena idea, Ico!

Y el niño del pelo rizado gritó:

—¡Ico conoce a las cabras mejor que nadie!

Y todos aplaudieron: clap, clap, clap, clap. Lucerito también dijo algo, pero nadie la entendió.

Esa noche Ico se sentó fuera de su casa honda. El cielo estaba lleno de estrellas, a lo lejos cantaban las pardelas, ua-ua, ua-ua, y el viento soplaba bajito.

Ico se soltó la trenza. Su pelo color miel brilló a la luz de la luna. Y por primera vez no pensó «qué rara soy». Pensó otra cosa.

Pensó: «Soy como la tabaiba, que vive a gusto donde otras plantas se secarían. Y como la piedra del pico, que encaja justo donde ninguna otra cabe. Y las pardelas, con ese canto tan raro, se encuentran en la noche. Soy distinta. Y está bien».

Y se quedó dormida sonriendo.

Yo, el Drago, he visto muchas islas, pero Lanzarote es de las más tozudas. Tiene poca lluvia y mucho viento, montañas de fuego y campos negros. Y aun así, allí crecen las tabaibas, vuelan las pardelas y salen uvas del fondo de un hoyo de ceniza.

Cuando veas a alguien con pecas, o una piedra con un pico raro, o una cabra que se ha escondido detrás de una roca, acuérdate de Ico. Y si algún día te llevas un susto, espera un poquito. A lo mejor detrás viene una idea.

Y ahora el viento se va calmando: fsss… Las cabras ya duermen en el corral. Lucerito ronca bajito: rrr, rrr. Las pardelas han vuelto a sus nidos. Y yo voy a cerrar un ratito los ojos, porque mañana hay otra isla esperando. Siete islas, siete historias, una memoria compartida.

Buenas noches, pequeño viajero. Buenas noches, pequeña viajera.

Fin.

Fin

Nota para familias

Este cuento mezcla historia y leyenda, y nos gusta que en casa sepáis dónde está la frontera entre una y otra.

Lo que pasó de verdad: los majos fueron los antiguos habitantes de Lanzarote. Criaban cabras, comían gofio y queso, guardaban el agua de lluvia en maretas y vivían en casas medio excavadas en el suelo. Zonzamas es un yacimiento arqueológico real, con grandes muros de piedra, y son las crónicas antiguas las que hablan de un rey llamado Zonzamas que vivió allí. La erupción de Timanfaya (1730-1736) también es historia: cambió buena parte de la isla, y la conocemos en parte gracias a lo que dejó escrito el cura de Yaiza. La Geria existe tal como la contamos, con sus hoyos, sus muritos en media luna y sus parras. Es una manera muy ingeniosa de cultivar aprovechando la humedad que guarda la ceniza volcánica. La tabaiba y la pardela son una planta y un ave reales de Canarias; si algún atardecer estáis cerca de un acantilado, quedaos a escuchar a las pardelas, que el cuento no exagera.

Lo que es leyenda: la figura de Ico y su aspecto distinto. Lucerito y los demás personajes son inventados.

Para hablar después:

  1. ¿En qué te pareces y en qué eres distinto a tus amigos?
  2. ¿Alguna vez un susto o un problema te dio una buena idea?
  3. ¿Cómo guardaba el agua la ceniza de La Geria?
Portada del libro para colorear de Lanzarote

El libro para colorear de Lanzarote

Ico sale con sus cabras entre los volcanes.

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