Capítulo 1
Un niño alto en la isla verde
Soy el Drago.
El Drago, sí. Ese árbol tan viejo, con el tronco gordo y lleno de arrugas, como las manos de una abuela, y la copa abierta como un paraguas verde. ¿Me ves? De cada rama me sale un puñado de hojas largas, como espadas blanditas, y cuando pasa el viento se mueven: fiu, fiu, fiu.
Llevo tantos años en este mundo que no me caben en los dedos. Ni en los tuyos ni en los míos, y eso que yo tengo muchas ramas. Por eso sé tantas historias. Hoy te traigo una.
¿Ya tienes la manta bien puesta? Muy bien. Pues escucha.
En medio del mar Atlántico, que es grande y azul y no se acaba nunca, hay siete islas. ¿Las contamos? Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Hoy vamos a viajar a una de ellas, una isla empinada y tan verde que desde un barco parece un trozo de monte flotando en el agua. Ahora la llamamos La Palma. Pero hace mucho, mucho tiempo, la gente que vivía allí le decía de otra manera. Le decía Benahoare.
Dilo conmigo: Be-na-ho-a-re. ¡Muy bien!
A la gente de Benahoare la llamamos benahoaritas. Eran pastores de cabras y ovejas, y hacían vasijas de barro con dibujos. Se sabían de memoria cada camino de su isla, cada fuente y cada cueva donde meterse cuando llovía.
En el corazón de Benahoare hay un lugar enorme, como un cuenco gigante hecho de montañas. Hoy lo llamamos la Caldera de Taburiente. Los antiguos lo llamaban Aceró. Dentro crecen pinos altos, corren arroyos de agua fría, y las cabras saltan de piedra en piedra: tac, tac, tac.
Y en Aceró vivía un joven que se llamaba Tanausú.
Te lo voy a dibujar con palabras.
Tanausú era alto. Altísimo, y flaco como una caña. Llevaba el pelo recogido en un moño, arriba del todo, en lo más alto de la cabeza, y en el moño, siempre, una ramita de pino que olía a monte. Es que a Tanausú los pinos le gustaban más que el gofio.
En el antebrazo, aquí, entre la muñeca y el codo, llevaba pintada una espiral. Una espiral es una línea que da vueltas y vueltas, como la concha de un caracol. Hazla con el dedito en el aire: vuelta, vuelta, vuelta... ¡Eso es!
Su ropa también tenía dibujos de espirales y de círculos. Y en la mano llevaba una vara larga de pastor, que le servía para trepar por las piedras y para saltar los barrancos. Y, sobre todo, para avisar a las cabras. «¡Vamos, cabritas, por aquí!», decía. Y las cabras: «¡Beee, beee!».
Tanausú tenía una amiga con plumas. Era una graja: un pájaro negro como la noche, con el pico rojo, rojo como una cereza, y las patas del mismo rojo, como si se hubiera metido en un charco de pintura. La graja es el pájaro de La Palma. Vuela alto, hace piruetas en el viento y grita: «¡Chiaa, chiaa!».
Esta graja se llamaba Pico Rojo. Unas veces se posaba en la vara, otras en el hombro de Tanausú y, los días que estaba muy contenta, encima del moño, al ladito de la ramita de pino.
—¡Pico Rojo, que me haces cosquillas! —se reía Tanausú.
—¡Chiaa, chiaa! —contestaba la graja.
Una mañana, cuando el sol empezaba a asomar por el borde de la Caldera, Tanausú se levantó, se estiró hasta que le crujió la espalda, y dijo:
—Pico Rojo, hoy quiero conocer mi isla entera. Las rocas, los árboles, las nubes, el mar. Todo. Y quiero aprender a cuidarla bien.
—¡Chiaa! —dijo Pico Rojo. Eso, en idioma de graja, quiere decir: «¡Yo voy contigo!».
Así empezó el viaje de Tanausú.
¿Te vienes? Pues agarra tu vara imaginaria. ¡Allá vamos!
Capítulo 2
La Caldera de los pinos y los arroyos
Antes de salir, Tanausú quiso despedirse de su casa, que era la Caldera de Taburiente, el gran cuenco de montañas. Así que dio un paseo despacito por dentro, fijándose en todo.
Primero miró hacia arriba. Muy arriba quedaban los bordes de la Caldera, unas paredes altísimas de roca marrón y gris, con manchas rojizas, que se ponían casi doradas cuando les daba el sol.
—Qué grande es mi casa —susurró Tanausú.
Luego miró a su alrededor, y había pinos por todas partes. Pinos altos y derechos, con el tronco rugoso y unas hojas largas y finitas como agujas de coser. Cuando soplaba el viento, los pinos cantaban: shhh, shhh, shhh. ¿Lo haces tú? Shhh, shhh, shhh. Uy, te ha salido igualito.
Debajo de los pinos, el suelo estaba cubierto de pinocha. La pinocha son las hojas secas del pino, que se caen y hacen una alfombra blandita. Tanausú pisaba y la alfombra sonaba: cris, cras, cris, cras.
Y entonces oyó otra cosa. Algo alegre y fresquito.
Glu, glu, glu. Chas, chas, chas.
—¿Oyes, Pico Rojo? —preguntó Tanausú.
—¡Chiaa! —dijo la graja.
Era el agua. En la Caldera hay arroyos, que son como ríos pequeñitos. El agua baja dando saltos entre las piedras y va dejando cascadas chiquitas y charcos tan claros que se ven las piedrecitas del fondo. Tanausú se agachó en la orilla. Juntó las manos en forma de cuenco, así, ¿ves?, y bebió un sorbito. Estaba tan fría que le dolieron un poco los dientes. Mmm.
—Gracias, agua —dijo.
Después llenó de agua un zurrón de piel para el camino. Lo justo, ni una gota más. Tanausú sabía que esa agua no era solo suya. La beben las personas y las cabras, y los pájaros, y la necesitan los pinos y las flores. Si uno coge de más, a otro le falta. Por eso se coge con cuidado y se comparte.
En la orilla había unas cabras bebiendo. Una cabrita chica, con las orejas tan largas que casi se las mojaba, se acercó a Tanausú.
—¡Beee!
—Hola, pequeña —le dijo Tanausú, y le rascó la cabeza—. Bebe tranquila. Hay agua para todos.
Pico Rojo bajó volando y se metió en un charco. Plaf, plaf, plaf. Luego se sacudió: frrrr. Y todas las gotitas salieron disparadas, derechitas a la cara de Tanausú.
—¡Ay, Pico Rojo! —se rió Tanausú—. ¡Me has duchado!
—¡Chiaa, chiaa! —se rió la graja a su manera.
Tanausú se sentó un rato en una piedra, todavía con la cara mojada. Miró los pinos, el agua, las cabras y las montañas, y le pareció que todo respiraba a la vez, como una familia muy grande que duerme en la misma casa.
Y le vino una idea a la cabeza. Una idea que iba a llevar con él todo el viaje, igual que la ramita del moño:
—Si yo cuido la tierra, la tierra me cuida a mí.
¿Lo repetimos? «Si yo cuido la tierra, la tierra me cuida a mí». Eso es.
Antes de irse, recogió del suelo una piña de pino. Grande, marrón, con muchas escamitas. Se la guardó en el zurrón.
—¿Para qué quieres esa piña? —parecía preguntar Pico Rojo, con la cabeza ladeada.
—Ya lo verás —dijo Tanausú, y le guiñó un ojo—. Es un secreto.
Y siguieron caminando por el fondo de la Caldera, entre pinos y arroyos, hacia una roca que se veía a lo lejos. Era alta y flaquita, como un dedo de piedra que señalaba el cielo.
¿Qué roca sería? Ahora mismo lo vas a ver.
Capítulo 3
El Roque Idafe
En medio de la Caldera de Taburiente hay una roca que se levanta sola, derechita, apuntando al cielo. Es alta y delgada, igual que Tanausú. Se llama el Roque Idafe.
Dilo conmigo: I-da-fe. ¡Así!
Cuando Tanausú llegó a los pies del Roque, se quedó con la boca abierta. Tuvo que echar la cabeza para atrás, más, todavía más, para verle la punta. Tanto la echó que la ramita de pino casi se le cae del moño.
—¡Uy! —dijo, y la sujetó con la mano.
Ahora te voy a contar algo que escribieron, hace muchísimo tiempo, unos señores que llenaban libros con lo que veían y con lo que les contaban. A esos señores los llamamos cronistas. Los cronistas escribieron que, para los benahoaritas, el Roque Idafe era una roca sagrada. Una roca muy querida. Y que a los antiguos les daba miedo una cosa: que el Roque se cayera algún día.
Por eso, según contaron los cronistas, los antiguos de Aceró hacían algo precioso. Cuando cuidaban de sus animales y tenían comida, llevaban un poco hasta el Roque. Iban dos personas, cantando por el camino. Era un regalo, una ofrenda.
Una de ellas cantaba: «¡Iguida iguan Idafe!». Los cronistas escribieron que eso quería decir: «¡Dice que caerá Idafe!».
Y la otra le contestaba, también cantando: «¡Que guerte yguan taro!». Que quería decir, más o menos: «Dale lo que traes, y no caerá».
Era una canción para que el Roque siguiera de pie, tranquilo, en su sitio de siempre. Ha pasado tanto tiempo que ya no sabemos pronunciar esas palabras como ellos, pero los cronistas las apuntaron para que no se perdieran.
Tanausú se sentó a los pies del Roque. Sacó del zurrón un poco de comida: unas semillas tostadas y un trocito de queso de cabra. Lo dejó con mucho cuidado sobre una piedra plana, como había visto hacer a los mayores.
—Para ti, Idafe —dijo—. Gracias por estar aquí.
Luego cantó bajito. Se equivocó en una palabra y tuvo que empezar otra vez. Pero cantó con todo el cariño que le cabía dentro, que era muchísimo, porque Tanausú era muy alto.
El viento sopló entre los pinos: shhh, shhh. El arroyo hizo: glu, glu. Y a Tanausú le pareció que la montaña entera le hacía el coro.
¿Le cantas tú también? Te invento una, por si te sirve: «Roque, Roque, Roque alto, quédate de pie, que yo te canto». Otra vez, ahora más bajito... Precioso.
Pico Rojo se posó junto a la ofrenda y se quedó mirando el queso. Mucho rato.
—Pico Rojo —le dijo Tanausú, muy serio—, eso es para el Roque.
La graja lo miró con un ojo. Luego con el otro. Y luego se puso a mirar una nube, muy disimulada, como si el queso no existiera.
—¡Chiaa! —dijo, que era su manera de decir: «Yo no he hecho nada».
Tanausú se rió tanto que se le bamboleó el moño.
Después se quedó callado, pensando en toda la gente que, antes que él, se había sentado en esa misma piedra. Gente que quería a su isla como se quiere a una abuela.
—Cuidar algo es un poco como cantarle —dijo Tanausú—. Lo cuidas para que siga ahí. Para que no se caiga.
Y aquí estoy yo, el Drago, para decirte que el Roque Idafe no se ha caído. Sigue en medio de la Caldera de Taburiente, alto y derechito. Si algún día vas a La Palma, a lo mejor lo ves. Y si quieres, le cantas bajito tu canción.
Tanausú se levantó, agarró su vara y miró hacia el sur.
—Pico Rojo, dicen que lejos, muy lejos, hay una cueva con dibujos en las rocas. Dibujos como el de mi brazo. ¿Vamos a verlos?
—¡Chiaa, chiaa!
Y para allá que se fueron.
Capítulo 4
Las espirales de Belmaco
El camino era largo. Larguísimo. Tanausú salió de la Caldera, subió cuestas y bajó cuestas, cruzó barrancos y anduvo por senderos llenos de piedras sueltas.
Tap, tap, tap, hacía la vara en el suelo.
Tap, tap, tap.
Al subir una cuesta: uf, uf, uf.
Al bajarla: ¡yupi, yupi, yupi!
¿Me ayudas? Cuando subimos, «uf, uf, uf». Cuando bajamos, «¡yupi!». ¿Preparado? Cuesta arriba... ¡uf, uf, uf! Cuesta abajo... ¡yupi! Ay, qué cansancio, hasta a mí, que no me muevo del sitio.
Pico Rojo iba por delante haciendo piruetas, dejándose llevar por el viento como si bajara por un tobogán que nadie más podía ver.
Por fin, en el sur de la isla, en un lugar que hoy se llama Mazo, llegaron a una cueva grande, abierta en la roca. Era la cueva de Belmaco.
Dilo conmigo: Bel-ma-co. Eso.
Tanausú se acercó despacito. Y allí, en unas piedras grandes junto a la cueva, vio algo que le hizo pararse en seco.
Las piedras tenían dibujos grabados. Grabados quiere decir que alguien, hace mucho tiempo, los fue haciendo en la piedra a golpecitos, o rascando con otra piedra, poquito a poco, toc, toc, toc, hasta que las líneas se quedaron marcadas para siempre.
¿Y qué dibujos eran? ¡Espirales! Espirales que daban vueltas y vueltas, como caracoles. Y círculos metidos uno dentro de otro, como las ondas que salen en un charco cuando tiras una piedrecita: plop. Y líneas que se retorcían como arroyos.
Tanausú se miró el antebrazo. ¡La espiral de su brazo se parecía muchísimo a las de la piedra!
—Mira, Pico Rojo —dijo, emocionado—. Son como la mía.
Puso el dedo en una de las espirales grabadas y la fue recorriendo despacito. Vuelta... vuelta... vuelta... hasta el centro.
Tú también puedes. Pon el dedito en la palma de tu mano y dibuja una espiral. Empieza por fuera y ve hacia dentro. Vuelta, vuelta, vuelta... ¡hasta el centro! A que hace cosquillas.
—¿Qué querrán decir estos dibujos? —se preguntó Tanausú.
Y aquí te tengo que decir la verdad, porque yo, el Drago, no cuento mentiras: nadie lo sabe del todo. Hay científicos que estudian a los antiguos y todavía hoy se lo preguntan. A lo mejor las espirales hablaban del agua, que da vueltas en los charcos. O del sol, que es redondo. O del camino de la vida, que también da muchas vueltas, eso te lo digo yo, que llevo siglos dándolas sin moverme de aquí. Y a lo mejor eran otra cosa que todavía no hemos adivinado.
¿Tú qué crees que significan? Piénsalo un poquito. Aquí no hay respuesta mala.
Tanausú pensó en las manos pacientes que las habían grabado, toc, toc, toc, para dejarle un mensaje a quien viniera detrás.
—A lo mejor nos dejaron estos dibujos para que nos acordáramos de ellos —dijo Tanausú—. Para que supiéramos que estuvieron aquí y que querían a esta tierra.
—¡Chiaa! —dijo Pico Rojo, que se había subido a lo alto de la piedra con muchísimo cuidado de no arañar nada.
Tanausú solo tocaba las piedras con la yema del dedo, muy suave. Los grabados antiguos son un tesoro, y a un tesoro así no se le pinta encima ni se le raya. Se mira despacio y se deja como está.
Los grabados de Belmaco siguen allí todavía. Son como una carta que los benahoaritas escribieron en la piedra, y nosotros la leemos con la imaginación.
—Gracias por vuestra carta —les dijo Tanausú a las piedras.
Y siguió andando, con la espiral del brazo al sol.
Capítulo 5
Los dragos entre bancales
Y ahora, mi niño, mi niña, viene la parte del cuento que más me gusta. Porque en esta parte salen mis primos. ¡Los dragos!
Tanausú caminó y caminó. Y de pronto, en una ladera verde, vio unos árboles muy raros. El tronco, gordo y gris. Las ramas, abiertas hacia arriba como los dedos de una mano. Y en la punta de cada rama, un pompón de hojas largas y puntiagudas.
—¡Dragos! —gritó Tanausú.
Dragos, sí señor. Como yo.
En La Palma hay muchos dragos. Algunos viven solos y otros en grupo, como una familia. Hoy, en el norte de la isla, en sitios como Las Tricias, en Garafía, los dragos viven en las laderas, entre bancales. Los bancales son como escalones grandes hechos en la montaña, sujetos con paredes de piedra, para que la tierra no se vaya cuesta abajo cuando llueve. En los bancales se siembra. Y entre ellos, los dragos viejos siguen en pie, mirando el mar.
Tanausú se acercó al drago más grande y le puso la mano en el tronco. Estaba rugoso y fresquito, como la piel de un lagarto a la sombra.
—Hola, abuelo drago —le dijo.
Te voy a contar un secreto. A veces, cuando alguien nos habla con mucho cariño, los dragos contestamos. Con palabras como las tuyas no, que no tenemos boca: con el viento en las hojas. Fiu, fiu, fiu. Y el que sabe escuchar, nos entiende.
Tanausú sabía escuchar.
—Fiu, fiu —dijo el drago—. Hola, Tanausú. Te estaba esperando.
—¿Cuántos años tienes, abuelo drago? —preguntó Tanausú.
—Muchos —contestó el drago—. Los dragos crecemos despacísimo. De pequeños somos un palito solo, sin ramas. Y no echamos la primera rama hasta que florecemos por primera vez, y para eso hace falta mucho, mucho tiempo.
—¿Y no te aburres?
—Fiu, fiu —se rió el drago—. Qué va. Mientras crezco, miro el mar y las nubes, y a los niños que vienen a jugar. Y aprendo.
¿Sabías que los dragos tenemos una savia que se pone roja cuando se seca? La gente la llama «sangre de drago». Pero tranquilo, que no nos duele nada. Es el color de nuestro jugo, rojo como el pico de una graja.
Pico Rojo se posó en una rama del drago y se puso a columpiarse: arriba, abajo, arriba, abajo.
—¡Chiaa!
—Hola, pajarito —dijo el drago—. Qué pico tan bonito tienes.
Pico Rojo infló las plumas hasta parecer el doble de grande.
Tanausú se sentó a la sombra del drago. Desde allí se veían las laderas, los escalones de piedra y, al fondo, el mar azul.
—Abuelo drago —dijo Tanausú—, ¿qué tengo que hacer para cuidar bien mi isla?
El drago se lo pensó un rato. Fiu, fiu, fiu. Y luego dijo:
—Fíjate en estos bancales. Los que los hicieron fueron poniendo piedra sobre piedra, y no acabaron en un día, ni en un año. Cuidar la tierra se hace igual, poquito a poco. Un día no tiras basura. Otro día compartes el agua. Otro plantas una semilla, y otro dejas la flor en su sitio en vez de arrancarla. Y la isla se va quedando bonita.
—Poquito a poco —repitió Tanausú.
Dilo tú también: «Poquito a poco». Eso es.
—Y otra cosa —añadió el drago—. Sube al pinar, arriba, muy arriba. Allí hay un pino que tiene algo que enseñarte.
—¿Qué me va a enseñar?
—Fiu, fiu —dijo el drago—. Eso lo tienes que descubrir tú.
Tanausú se levantó y le dio al drago un abrazo así de fuerte, aunque los brazos no le llegaban ni a la mitad del tronco. Y le dio las gracias.
—Adiós, abuelo drago.
—Adiós, Tanausú. Vuelve cuando quieras. Aquí estaré.
Y allí sigue, te lo digo yo. Los dragos no nos vamos a ninguna parte.
Capítulo 6
El pinar y el mar de nubes
Tanausú empezó a subir. Y subió, y subió, montaña arriba.
Uf, uf, uf. ¿Te acuerdas? Cuesta arriba se hace «uf, uf, uf».
Primero había unos pocos pinos, luego más, luego tantos que casi no se veía el cielo entre las copas. Era el pinar, un bosque enorme de pinos canarios. ¿Sabes a qué huele un pinar? A resina pegajosa y a tierra caliente. Y a un aire tan limpio que hace cosquillas en la nariz. Respira hondo, como Tanausú: ¡aaah!
Siguió subiendo, cada vez más arriba. Y de pronto... ¡pasó algo que no se esperaba!
Tanausú salió de entre los pinos a un sitio muy alto y miró hacia abajo. Y debajo no había tierra. ¡Había nubes! Un mar de nubes blancas y esponjosas, como un mar de algodón, y encima, el cielo azul, azul.
—¡Pico Rojo! —gritó Tanausú—. ¡Estamos por encima de las nubes!
—¡Chiaa, chiaa, chiaa! —gritó la graja, dando volteretas en el aire.
Eso se llama el mar de nubes, y en La Palma pasa muchas veces. El viento fresco que viene del mar empuja las nubes contra las montañas, y las nubes se quedan quietecitas a media altura, como una manta blanca. Y los pinos aprovechan. Con sus hojas finitas como agujas atrapan gotitas de la niebla. Las gotitas resbalan, plin, plin, plin, y caen a la tierra. Así los pinos ayudan a regar el monte, sin que nadie les suba un cubo.
Tanausú se dio la vuelta y vio un pino distinto a los demás. Era grande y fuerte, pero la parte de abajo del tronco estaba negra. Negra como Pico Rojo. Como si se hubiera quemado.
Y sin embargo... de ese tronco negro salían ramitas nuevas, verdes y brillantes, llenas de hojas tiernas.
—¡Este es el pino del que habló el abuelo drago! —dijo Tanausú.
Se acercó y tocó la corteza. Era gruesa, gruesísima, como un abrigo de piedra.
Ahora te cuento lo que el pino le enseñó a Tanausú. Es de las cosas más bonitas que sé, y mira que yo sé cosas.
El pino canario es un árbol muy fuerte. Tiene una corteza tan gorda que lo protege como una armadura. Cuando hay un fuego en el monte, a veces se le queman las hojas y el tronco se le pone negro. Pero por dentro el pino sigue vivo. Y después, poquito a poco, del tronco y de las ramas le vuelven a salir brotes verdes. ¡Vuelve a brotar!
—Fiu, fiu —parecía decir el pino con el viento—. Lo que pasó, pasó. Pero yo sigo aquí. Y vuelvo a crecer.
Tanausú miró a lo lejos. Se veían montañas con forma de cono, como sombreros de bruja.
—¿Qué son esas montañas? —preguntó.
Te lo cuento con calma, que esta historia acaba bien. Esas montañas son volcanes. La Palma es una isla joven, y los volcanes la fueron haciendo poquito a poco, durante muchísimo tiempo. A veces un volcán se despierta. Echa humo, hace ruido, y sale lava, que es roca tan caliente que corre como si fuera agua espesa. Entonces la gente se aparta y se cuida mucho, y los mayores ayudan a los pequeños. Y después el volcán se vuelve a dormir.
A lo mejor tú ya lo sabes, porque hace poco, en 2021, un volcán de La Palma se despertó. Muchas familias tuvieron que irse de su casa, y fue un tiempo difícil. ¿Y sabes qué pasó después? Lo mismo que con el pino. La gente se ayudó, se abrazó, compartió lo que tenía. Y la isla, poquito a poco, empezó a brotar otra vez. Sobre la tierra nueva ya salen plantitas. Las grajas siguen volando y los pinos siguen cantando.
En eso La Palma se parece mucho a su pino.
Tanausú le dio un abrazo al pino. La corteza le dejó las manos negras de ceniza vieja, pero no le importó.
—Gracias, pino. Ya sé tu secreto.
—¡Chiaa! —dijo Pico Rojo, y fue a posarse en la ramita más verde y más nueva.
Capítulo 7
Fuerte como el pino
El sol empezó a bajar, y el mar de nubes se puso dorado, como si alguien lo hubiera untado de miel.
—Es hora de volver a casa, Pico Rojo —dijo Tanausú.
Y bajaron hasta la Caldera de Taburiente, a Aceró, su casa.
Cuesta abajo, ¿te acuerdas? ¡Yupi, yupi, yupi!
Cuando llegaron, ya brillaban las primeras estrellas. Los arroyos seguían con su glu, glu, glu, y los pinos con su shhh, shhh, shhh. Y en medio de todo, el Roque Idafe, de pie y tranquilo, como siempre.
—Hola, Idafe —le dijo Tanausú—. Ya he vuelto.
Entonces se acordó de algo. Metió la mano en el zurrón y sacó... ¿te acuerdas de qué? ¡La piña de pino! La que había recogido al principio del viaje.
—¿Te acuerdas de mi secreto, Pico Rojo? —dijo Tanausú—. Ahora te lo cuento.
Abrió la piña con cuidado. Dentro, entre las escamitas, había unos piñones pequeñitos, cada uno con una alita, como si quisieran salir volando detrás de Pico Rojo. Eran semillas de pino.
Tanausú buscó un sitio bueno: tierra blandita, cerca del arroyo, donde le diera el sol. Hizo un agujerito con la punta de la vara, metió una semilla, la tapó con tierra y le echó un poco de agua con las manos.
Plic, plic, plic.
—Crece, pinito —le dijo—. Crece despacito, como los dragos. Y hazte fuerte, como el pino del pinar.
—Algún día aquí habrá un pino grande. Y a lo mejor otro niño se sienta a su sombra y escucha el viento en sus hojas.
Luego Tanausú se sentó al lado de su semilla y se puso a repasar el viaje entero. ¿Me ayudas? Lo contamos con los dedos.
Uno: el arroyo de la Caldera, con el agua tan fría que dolían los dientes, y Pico Rojo duchándolo de arriba abajo. Allí aprendió que el agua es de todos. «Si yo cuido la tierra, la tierra me cuida a mí».
Dos: el Roque Idafe, el queso que la graja no se comió, por poco, y la canción para que el Roque no se caiga.
Tres: las espirales de Belmaco, que se tocan con la yema del dedo y nada más.
Cuatro: el abuelo drago, entre sus bancales, diciendo «poquito a poco».
Y cinco: el pino negro del pinar, con sus ramitas verdes, encima del mar de nubes.
¡Cinco! ¡Una mano entera!
Tanausú se miró la espiral del brazo. Vuelta, vuelta, vuelta, hasta el centro. Y se dio cuenta de que su viaje había tenido esa misma forma. Había salido de casa, había dado una vuelta grande por la isla y había vuelto al centro, a su Caldera. Solo que ahora traía el zurrón un poco más vacío y la cabeza bastante más llena.
Se puso de pie, alto y flaco, con su moño, su ramita y su vara. Levantó los brazos hacia las estrellas, como las ramas de un pino.
—¡Soy fuerte como el pino! —dijo—. ¡Y siempre vuelvo a brotar!
¿Lo decimos juntos? Ponte de pie, si quieres, y levanta los brazos como si fueran ramas. Ahora di conmigo: «¡Soy fuerte como el pino! ¡Y siempre vuelvo a brotar!».
Pico Rojo se posó en el moño de Tanausú, al lado de la ramita, metió la cabeza bajo el ala y se quedó dormido allí arriba.
Tanausú se tumbó en la pinocha blandita. Miró las estrellas. Escuchó el arroyo. Y despacito, como crece un pino, como espera un drago, se fue quedando dormido.
Yo sigo aquí, con mis hojas haciendo fiu, fiu, fiu. Te guardo esta historia. Y guardo seis más, de otras seis islas.
Porque son siete islas, siete historias, una memoria compartida.
Buenas noches, mi pequeño pino. Que sueñes con nubes de algodón.
Fiu, fiu, fiu.
Fin
