Portada del libro para colorear de La Gomera

Gara y Jonay: el silbido que cruzó el barranco

Cuento de La Gomera para leer en voz alta. Lo narra el Drago.

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Unos 29 minutos
Capítulos
7

Capítulo 1
El agua que sale de la piedra

Hola, pequeño. Hola, pequeña. Acércate un poquito más, que la voz de un árbol viejo no llega lejos.

Soy el Drago. Ese árbol de tronco gordo y arrugado, con las ramas abiertas como un paraguas. Llevo tantos años mirando el mar que he perdido la cuenta, y se me han quedado dentro muchas cosas para contar. ¿Te cuento una? Ponte cómodo. Hoy nos vamos a una isla redonda como una galleta, toda llena de montañas y de barrancos. Se llama La Gomera.

En La Gomera las montañas son altas y los barrancos son tan hondos que el eco se cansa antes de volver. Y hay verde por todas partes. En el norte de la isla, cerca de un pueblo que se llama Agulo, vivía una muchacha que se llamaba Gara.

Gara tenía el pelo largo y ondulado, como el mar cuando sopla un poco de viento. Junto a las sienes, una a cada lado de la cara, llevaba dos trencitas pequeñas. ¿A ti quién te hace las trenzas? ¿O te peinas tú solito, tú solita?

Al cuello llevaba un colgante de barro con forma de gota de agua, chiquitita y redonda por abajo. Lo de la gota tiene su porqué. Espera, que enseguida llego.

Cerca de donde vivía Gara hay un sitio que se llama los Chorros de Epina. Allí sale agua de la piedra. De la piedra dura, como lo oyes. La montaña tiene unos caños, y por los caños cae el agua fresquita y clara, glu, glu, glu, chas, chas, todo el santo día.

—¡Buenos días, agua! —decía Gara cada mañana.

Y el agua le contestaba a su manera: glu, glu, glu.

Gara llenaba un cuenco de barro y bebía un sorbito. ¡Uy, qué fría! Luego se mojaba las manos y la cara, y se reía sola, con una gota colgándole de la nariz.

Hay quien cuenta que el nombre de Gara tiene que ver con el agua, y por eso su colgante es una gota. Cuando estaba contenta, Gara se iba a los Chorros. Cuando estaba pensativa, también.

¿Y por qué sale agua de una piedra? Te lo cuento como me lo contó a mí el viento, que es muy chismoso. En lo alto de La Gomera hay mucha niebla. La niebla son nubes bajitas que se pasean entre los árboles como si vinieran de visita. Los árboles les atrapan gotitas, las gotitas se cuelan en la tierra, bajan despacio por dentro de la montaña y un día, ¡plof!, salen por la piedra. La montaña guarda el agua en la barriga y luego la reparte entre todos.

—Gracias, montaña —decía Gara.

Una mañana, estando sentada junto a los Chorros, Gara oyó algo.

Fiuuu… fiu, fiu, fiuuu…

Era un silbido, y venía del otro lado del barranco. Gara se puso de pie, se hizo dos conchitas con las manos detrás de las orejas y escuchó con toda su atención.

Fiuuu… fiu, fiu, fiuuu…

Y sonrió, porque lo entendía. Igual que tú entiendes una palabra, Gara entendía un silbido. Cómo puede ser eso te lo cuento más adelante, que tiene su miga.

El silbido decía: «¡Gara! ¡Mañana hay fiesta! ¡Vienen visitantes de otra isla!».

—¿De otra isla? —dijo Gara, con los ojos muy abiertos.

Miró hacia el mar. Allá lejos, asomando por encima de las nubes, estaba el Teide, la montaña enorme de la isla de Tenerife, con la punta tan alta que parece que va a pinchar el cielo. Desde La Gomera se ve muy bien en los días claros.

—¿Quién vendrá? —se preguntó Gara.

El agua siguió con su glu, glu, glu, como quien sabe un secreto y no lo quiere soltar.

Esa noche a Gara le costó dormirse. Daba vueltas y más vueltas sobre su piel de cabra. Y yo, desde mi sitio, me reía por dentro, porque los árboles viejos olemos las historias antes de que empiecen. Y aquella olía bien.

Capítulo 2
La fiesta en la isla redonda

Por la mañana el sol salió por detrás del mar, amarillo como una yema de huevo. Los pájaros se pusieron a cantar, pío, pío, y las cabras a protestar, beee, beee, porque las cabras protestan por todo. Toda La Gomera se puso en marcha.

¡Era día de fiesta!

Las familias se juntaban en un llano entre montañas. Traían leche de cabra, queso, frutas y gofio, que es una harina de granos tostados que huele a pan calentito. Se oían risas por todas partes, y una música hecha con palmas y con pies. Plas, plas. Pum, pum.

Gara se colgó su gota de barro y se peinó el pelo ondulado. Se hizo las dos trencitas, una a cada lado, y salió corriendo hacia la fiesta tan deprisa que casi se lleva por delante a una cabra despistada.

—¡Ya estoy aquí! —gritó.

Había juegos para todos. Los jóvenes saltaban, echaban carreras y hacían pruebas de fuerza y de habilidad. Los mayores contaban historias a la sombra. Los niños chicos, como tú, se perseguían entre las piedras. ¿Y tú a qué juegas cuando hay fiesta?

De pronto, alguien gritó:

—¡Mirad! ¡Ya llegan los de Tenerife!

Todos se dieron la vuelta. Por el camino de la costa subía un grupo de gente. Eran visitantes de la isla de enfrente, la isla del Teide. Y entre ellos venía un muchacho.

Se llamaba Jonay y venía de Adeje, un lugar del sur de Tenerife. Tenía una sonrisa grande y unos ojos que se querían comer el mundo. Al cuello llevaba un colgante negro con forma de triángulo, hecho de obsidiana. La obsidiana es una piedra que nace de los volcanes. Es negra y tan lisa que te ves la cara en ella, como en un espejo oscuro.

Ahora te voy a contar un secreto de árbol viejo. Hay una leyenda, una historia antigua que los abuelos les cuentan a los nietos, que dice que Jonay cruzó el mar entre las dos islas agarrado a unas pieles de cabra infladas, gordas y redondas como flotadores. ¡Imagínatelo, pataleando entre las olas! Splash, splash. Si fue exactamente así, los árboles no lo sabemos. Pero a mí me encanta contarlo.

Jonay llegó a la fiesta un poco cansado y muy contento.

—¡Hola! —dijo.

—¡Hola! —respondió Gara.

Y se quedaron mirándose. Ella se fijó en el triángulo negro. Él se fijó en la gota de barro.

—¿Qué es eso que llevas? —preguntó Gara.

—Es obsidiana. Una piedra de mi isla, de los volcanes —dijo Jonay—. ¿Y lo tuyo?

—Es una gota de agua. Bueno, de barro. Pero es una gota. Porque a mí me encanta el agua.

—Pues a mí me encanta el fuego de los volcanes —dijo Jonay.

—¡Agua y fuego! —se rio Gara.

—¡Fuego y agua! —se rio Jonay.

Y les entró una risa tan tonta que se les saltaron las lágrimas, y a Jonay hasta le dio hipo. Hip.

Muchas amistades empiezan por una tontería. Esta empezó con un ataque de risa y un hipo que no había manera de quitar.

Jugaron juntos toda la tarde. Se mancharon de gofio hasta las orejas y compartieron el queso a mordiscos. Cuando el sol empezó a bajar, Gara le dijo:

—Jonay, mañana te enseño mi isla. Te llevo al bosque de la niebla y a ver el agua que sale de la piedra. ¿Quieres?

—¡Claro que quiero! —dijo Jonay, dando saltitos—. ¡Pues no voy a querer!

Esa noche los visitantes durmieron en La Gomera, cerca de las familias que los habían recibido. Jonay se tumbó a mirar las estrellas y pensó en su nueva amiga. Un poco más allá, Gara miraba las mismas estrellas y pensaba en su nuevo amigo.

Yo los veía a los dos desde lejos, y se me movían las ramas de alegría, aunque no corría ni pizca de viento.

¿Tú tienes un amigo o una amiga del alma? ¿Te acuerdas del día que os conocisteis?

Capítulo 3
El bosque de la niebla

Al día siguiente, Gara fue a buscar a Jonay tempranísimo, con las cabras todavía bostezando.

Toc, toc, toc.

—¡Jonay! ¡Despierta, dormilón!

—Ya voy, ya voy… —dijo Jonay, frotándose los ojos.

Y echaron a andar cuesta arriba. El camino era empinado, de los que te hacen resoplar. Uf. Uf. A Jonay le faltaba el aire.

—¿Falta mucho? —preguntó.

—Un poquito más —dijo Gara—. Ya casi llegamos.

¿A que tú también preguntas «¿falta mucho?» cuando vas de excursión? Lo preguntan todos los niños del mundo. Y yo también, cuando era una semillita y el viento me llevaba de paseo.

De pronto el aire se puso fresco y húmedo, y todo se volvió blanco, blanquito. ¡Era la niebla! Entraba entre los árboles muy despacio, como un gato que no quiere que lo oigan. Shhh… shhh…

—¡Oh! —dijo Jonay—. ¿Dónde estamos?

—En el bosque de la laurisilva —dijo Gara—. El bosque de la niebla.

Laurisilva. Qué palabra tan larga. ¿La decimos juntos, despacito? Lau-ri-sil-va. ¡Muy bien!

La laurisilva es un bosque antiquísimo. Hace muchísimo tiempo había bosques así en muchos lugares lejanos, pero el mundo fue cambiando y ahora quedan pocos. Uno de los más bonitos está aquí, en lo alto de La Gomera. Hoy es un parque nacional muy protegido y Patrimonio de la Humanidad, que quiere decir que es un tesoro de todas las personas del mundo. Tuyo también.

Allí dentro todo es verde. El musgo cubre los troncos como una alfombra blandita. De las ramas cuelgan barbas de líquenes, igualitas que las barbas de un abuelo recién levantado. Y el suelo está lleno de helechos, unas plantas con hojas como plumas.

—Toca este tronco —dijo Gara.

Jonay lo tocó con un dedo. Estaba mojadito y blando, como una esponja.

—¡Está mojado!

—Claro —dijo Gara—. Los árboles beben la niebla. Las gotitas se quedan en las hojas y luego caen. Plic, plic. Y el agua baja por dentro de la montaña hasta llegar a los Chorros de Epina.

—¡Entonces el bosque y el agua son amigos! —dijo Jonay.

—Como tú y yo —dijo Gara.

Siguieron caminando. Las gotitas caían, plic, plic, la niebla susurraba, shhh, y bajo sus pies crujía de vez en cuando alguna ramita seca. Crac.

Jonay iba con la boca abierta. En Adeje había sol, piedras calientes y un mar tan azul y tan brillante que hacía guiñar los ojos. Aquí arriba hacía fresquito y detrás de cada tronco parecía esconderse alguien.

—¿No te da miedo la niebla? —preguntó Jonay.

—Qué va —dijo Gara—. La niebla es como una manta. Abraza el bosque para que no pase sed.

A Jonay le gustó tanto lo de la manta que da de beber que se lo guardó para contárselo a su madre.

¿Tú has visto la niebla alguna vez? ¿A qué se te parece a ti, a una manta o a un algodón de azúcar?

Llegaron a un sitio donde la niebla se abría y, entre las copas, asomaba un trocito de cielo azul. Se sentaron en una piedra a descansar. Gara sacó un puñado de gofio de su zurrón y lo partió en dos.

—Gracias, Gara —dijo Jonay.

—De nada, Jonay.

Se quedaron un ratito callados, escuchando. Porque el bosque, si tú te callas, habla. Habla con el viento y con las gotas, y también con unos pájaros que casi nunca se dejan ver.

Y justo entonces, de entre las ramas, salió un sonido suave, suave:

Ruuu… ruuu… ruuu…

—¿Qué es eso? —susurró Jonay.

Gara se llevó un dedo a los labios.

—Shhh… Es una amiga del bosque. Ya la verás.

¿Quién haría ese ruuu, ruuu? Te doy una pista: tiene plumas. Y no te digo más, que está a punto de asomarse.

Capítulo 4
El laurel y la paloma rabiche

Ruuu… ruuu… ruuu…

Gara y Jonay se quedaron quietos como dos piedras. Ni se rascaron la nariz, y eso que a Jonay le picaba. Solo movían los ojos, hacia arriba.

Y allí, en la rama de un árbol alto, apareció una paloma.

Era grande y oscura, con un brillo suave en el cuello, y tenía la cola larga, con una franja más clarita al final. Movía la cabeza a un lado y al otro, como preguntando: «¿Y vosotros quiénes sois?».

—Es la paloma rabiche —susurró Gara.

—Ra-bi-che —repitió Jonay, despacito.

¿Lo dices tú también? ¡Ra-bi-che! Eso es.

—Vive en estos bosques de laurisilva —explicó Gara—. Es muy tímida y le gusta estar tranquila entre los árboles. Por eso hay que hablar bajito.

La paloma rabiche solo vive en las Islas Canarias. En ningún otro sitio del mundo. Se come los frutitos de los árboles del bosque y, mientras come, va dejando caer las semillas por aquí y por allá. De esas semillas, poco a poco, salen árboles nuevos. O sea, que la paloma va plantando el bosque y ni se entera.

—¿Y qué come? —preguntó Jonay en voz muy bajita.

—Frutos de los árboles. Como los del laurel.

Gara se levantó despacio, se acercó a un árbol, cogió una hojita del suelo y se la dio a Jonay.

—Huele —le dijo.

Jonay se la acercó a la nariz. Snif, snif.

—¡Mmm! ¡Qué bien huele!

—Es una hoja de laurel —dijo Gara—. El laurel es de los árboles más importantes de la laurisilva. Por eso el bosque se llama así. «Lauri» viene de laurel, y «silva» quiere decir selva o bosque. ¡El bosque de los laureles!

—¡Bosque de laureles! —repitió Jonay, contento—. Qué nombre tan bonito.

Las hojas del laurel brillan como si alguien las hubiera barnizado una a una. La niebla resbala por ellas y las gotitas caen al suelo, plic, plic. Así es como los laureles también ayudan a que haya agua en la isla.

—Todo está unido —dijo Jonay, pensativo—. La niebla, los árboles, el agua, la paloma…

—Y nosotros —dijo Gara.

—Y nosotros —repitió Jonay.

La paloma rabiche los miró un momento más. Ruuu, ruuu. Luego abrió las alas, flap, flap, y se perdió entre las ramas, dentro de la niebla.

—¡Adiós, paloma! —susurraron los dos.

Jonay guardó la hoja de laurel con muchísimo cuidado.

—Me la llevaré a mi isla —dijo—. Para acordarme de este bosque.

Gara sonrió y le dio otra hoja.

—Toma. Una para ti y otra para tu familia.

Jonay se puso colorado hasta las orejas y guardó las dos hojas juntas.

Siguieron andando. Pasaron junto a troncos tan retorcidos que parecían serpientes dormidas, y junto a un arroyito que Jonay cruzó de un solo paso. Glu, glu. Había helechos tan grandes que uno podía esconderse debajo. Gara se escondió, claro, y a Jonay le costó encontrarla.

Y de pronto el bosque se abrió. La niebla se fue apartando poco a poco, como una cortina, y delante de ellos apareció algo enorme.

—¡Oh! —dijo Jonay.

—¡Oh! —dijo Gara.

¿Qué sería? Era una roca gigante, altísima, que subía y subía hacia el cielo.

Pero espera. Antes de llegar hasta ella, nuestros amigos aprendieron una cosa que se hace con la boca y con los dedos. ¿Adivinas cuál? Te dejo una pista: fiuuu…

Capítulo 5
El silbo gomero

Gara y Jonay se asomaron al borde de un barranco. ¡Qué grandísimo era! Abajo, muy abajo, se veían palmeras chiquititas y casitas de piedra de juguete. Y enfrente, en la otra ladera, había un pastor con sus cabras.

—¿Y cómo habla la gente de un lado a otro del barranco? —preguntó Jonay—. Está muy lejos. Si gritas, no se oye bien.

Gara puso cara de tener un secreto.

—Mira —dijo.

Se metió un dedo en la boca. A veces se usan dos dedos, o la mano doblada, pero a ella le bastaba con uno. Cogió aire, tanto que se le hincharon los mofletes como a un pez globo. Y entonces…

¡FIUUU! ¡Fiu, fiu, fiuuu, fiu!

El silbido salió volando por encima del barranco como un pájaro invisible, rebotando de montaña en montaña.

Al otro lado, el pastor levantó la cabeza. Se puso los dedos en la boca y contestó:

¡Fiuuu, fiu! ¡Fiu, fiu, fiuuu!

—¿Qué ha dicho? —preguntó Jonay, con los ojos como platos.

—Yo le he dicho: «¡Buenos días! ¿Están bien las cabras?». Y él me ha contestado: «¡Buenos días, Gara! ¡Las cabras están muy bien!».

—¡No puede ser! —dijo Jonay—. ¿Habláis silbando?

—¡Pues claro! —dijo Gara—. Se llama el silbo gomero.

El silbo gomero, mi niño, mi niña, es una manera de hablar silbando. Cuando tú silbas una canción, sale música. Con el silbo salen palabras de verdad. Las vocales y las consonantes se vuelven silbidos más agudos o más graves, más largos o más cortos, y quien sabe escuchar lo entiende.

Un silbido llega mucho más lejos que la voz. Por eso en La Gomera, con esos barrancos tan grandes y tan hondos, la gente aprendió a hablarse así desde muy antiguo, de una ladera a la otra. Hoy se silba en español, y la isla lo ha guardado como una cosa muy querida.

—¡Enséñame! —pidió Jonay—. ¡Porfa, porfa!

—Vale —dijo Gara—. Primero pon el dedo así.

Jonay puso el dedo. Cogió aire. Hinchó los mofletes. Y sopló…

Pffff…

Nada. Solo aire, y alguna gotita de saliva.

Los dos se partieron de risa.

—Otra vez —dijo Gara—. Despacito.

Jonay lo intentó de nuevo.

Fsss… fiii…

—¡Casi! —aplaudió Gara.

Lo intentó otra vez, y otra más, y le salió algo parecido a un baifo llamando a su madre. Un baifo es un cabrito, que así se dice en Canarias. Y una cabra de la ladera levantó la cabeza, muy extrañada.

Y por fin:

¡Fiuuu!

—¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho! —gritó Jonay, dando saltos.

¿Tú sabes silbar? Vamos a probar ahora mismo. Junta los labios como para dar un besito y sopla flojito. Fiuuu… ¿Te sale? Si no te sale, no pasa nada. A Jonay tampoco le salió a la primera, ni a la segunda, ni a la cuarta.

Gara le enseñó unos cuantos silbidos fáciles. Uno para decir su nombre: «¡Gara!». Otro para decir «hola». Y el último, el que más le gustaba a ella, para decir «amigo».

—Este silbido será nuestro —dijo Gara—. Cuando lo oigas, sabrás que soy yo.

Fiu-fiuuu-fiu.

—Fiu-fiuuu-fiu —repitió Jonay.

Ahora te cuento una cosa de hoy, de nuestros días. El silbo gomero no se ha perdido. Los niños y las niñas de La Gomera lo aprenden en el colegio, igual que tú aprendes los números o las letras. Y en el año 2009 lo declararon Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Es un tesoro que no se puede coger con la mano. Se guarda en las orejas y en la boca de la gente que lo silba.

—Cuando vuelva a mi isla —dijo Jonay—, voy a practicar todos los días.

—Y cuando nos echemos de menos —dijo Gara—, silbaremos.

Fiu-fiuuu-fiu.

El silbido cruzó el barranco y se fue hacia las montañas. Al otro lado, el pastor se quedó un rato quieto, por si llegaba algo más.

Capítulo 6
El Roque de Agando

Después de tanto silbar, siguieron por el sendero. Bajaba un poquito, subía otro poquito, como una canción que no se decide.

Y al salir de una curva, ¡allí estaba!

Una roca gigante. Altísima. Se levantaba hacia el cielo como un dedo de piedra que quisiera hacerles cosquillas a las nubes.

—¡Ooooh! —dijo Jonay, echando la cabeza tan atrás que casi se cae de espaldas.

—Es el Roque de Agando —dijo Gara, muy orgullosa.

El Roque de Agando es una de las rocas más famosas de La Gomera. ¿Sabes cómo nació? Te lo cuento como lo cuentan los que estudian las piedras. Hace muchísimo tiempo, mucho antes de que hubiera personas en la isla, por dentro de la tierra corría lava caliente. Un poco de esa lava subió, se quedó allí metida y, al enfriarse, se puso dura como un hueso. Luego, durante muchísimos años, la lluvia y el viento fueron gastando la tierra blanda que tenía alrededor, igual que el agua va gastando una pastilla de jabón. Y la parte dura se quedó de pie, sola, como un gigante dormido.

—En mi isla también hay volcanes —dijo Jonay, tocando su colgante de obsidiana—. Esta piedra viene de ahí.

—Entonces tu colgante y el Roque de Agando son primos —se rio Gara.

—¡Primos de fuego! —dijo Jonay.

A los antiguos habitantes de La Gomera estas montañas tan altas les parecían especiales. Los que estudian la historia han encontrado, arriba del todo de algunas, restos de lugares donde la gente se reunía en las ocasiones importantes. Eran sitios que se miraban con respeto.

Gara y Jonay se sentaron en una piedra a mirar el Roque. Soplaba el viento, fuuu, fuuu, y las nubes pasaban por encima muy despacio, como ovejas que no tienen ninguna prisa.

—¿Sabes qué parece? —dijo Jonay—. Un guardián. Como si cuidara de la isla.

—Sí —dijo Gara—. Cuida el bosque y el agua. Y a las palomas, que son muy miedosas.

—Y a nosotros —dijo Jonay.

¿A ti qué te parece el Roque, un dedo o un guardián? Cuando lo colorees, puede ser lo que tú quieras. Hasta una zanahoria gigante.

Desde allí, mirando hacia el este, se veía el mar. Y al otro lado del mar, enorme, el Teide, la montaña de la isla de Jonay.

—Mira —dijo Gara, señalando—. Allí está tu casa.

Jonay miró y se quedó callado un ratito.

—Mañana tengo que volver —dijo bajito.

Gara también se calló. Se puso un poco triste, claro. Cuando un amigo se va, da penita, y eso le pasa a todo el mundo, hasta a los árboles. ¿A ti también te da penita cuando se acaba la tarde de juegos y tu amigo se tiene que ir a su casa?

Pero entonces Gara se levantó de un salto.

—¡Ya sé! —dijo—. Hoy no nos vamos a poner tristes. Hoy vamos a hacer una promesa.

—¿Una promesa?

—Sí. Una promesa de amigos. Ven.

Cogió a Jonay de la mano y bajaron corriendo por el sendero, de vuelta al bosque de la niebla, hasta los Chorros de Epina, donde el agua sale de la piedra.

Cuando llegaron, el agua seguía a lo suyo: glu, glu, glu.

Gara puso el cuenco de barro bajo el chorro y lo llenó. Bebió un sorbito y se lo pasó a Jonay. Jonay bebió también, y se le quedó un bigote de agua.

—Ahora tú y yo hemos bebido la misma agua —dijo Gara—. El agua del bosque, el agua de la niebla. Y el agua siempre vuelve. Sube al cielo, se hace nube, baja como niebla y sale otra vez por la piedra.

—Como nosotros —dijo Jonay—. Yo me iré, pero volveré.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Y chocaron las manos. ¡Plas! Tan fuerte que les escocieron las palmas.

Capítulo 7
La promesa y el nombre del bosque

Y llegó el día de la despedida.

El sol salió amarillo, como siempre, y las cabras protestaron, como siempre. Lo único distinto era que Gara y Jonay bajaban hacia la costa muy despacito, arrastrando los pies.

En la playa, los visitantes de Tenerife se preparaban para volver a su isla. Las olas iban y venían. Chuuuf… chuuuf…

—Toma —dijo Jonay, y le dio a Gara una piedrecita negra y brillante de obsidiana—. Para que te acuerdes de mí y de mi isla de fuego.

Gara la cogió con cuidado. Brillaba como una estrellita oscura.

—Y tú toma esto —dijo Gara, y le dio una cuenta pequeñita de barro con forma de gota, igual que la de su colgante—. Para que te acuerdes de mí y de mi isla de agua.

—Agua y fuego —dijo Jonay.

—Fuego y agua —dijo Gara.

Y les volvió a dar la risa tonta del primer día. Esta vez a Jonay no le dio hipo. A Gara sí.

—¿Te acuerdas de nuestro silbido? —preguntó Gara, entre hipo e hipo.

Jonay se puso el dedo en la boca, cogió aire, hinchó los mofletes y…

¡Fiu-fiuuu-fiu!

¡Le salió perfecto! Ni rastro del baifo.

—¡Bravo! —aplaudió Gara.

—Cuando esté en mi isla —dijo Jonay—, subiré a lo más alto y silbaré hacia aquí. Y aunque no me oigas, el viento te traerá el mensaje.

—Y yo silbaré desde los Chorros de Epina —dijo Gara—. Y el agua te lo llevará.

Se dieron un abrazo grande, de esos que aprietan bonito y te dejan sin aire. ¿Tú das abrazos así? Dame uno a mí, anda, que soy un árbol y a los árboles casi nadie nos abraza.

Jonay se fue con los suyos. Gara se quedó en la orilla diciendo adiós con la mano mucho después de que ya no se viera nada, solo el mar y, al fondo, el Teide.

Esa noche, en casa, Gara no estaba triste. Bueno, un poquito sí. Pero sobre todo estaba contenta, porque tenía un amigo nuevo y una promesa.

Desde ese día, cada mañana, Gara subía a una loma, miraba hacia la isla de enfrente y silbaba:

¡Fiu-fiuuu-fiu!

Los pastores de los barrancos, que conocían el silbo, se pasaban el mensaje de uno a otro, de ladera en ladera, hasta la orilla del mar. Fiu-fiuuu-fiu. Y desde allí, decía Gara, el viento lo llevaba por encima de las olas hasta Tenerife.

Y allá en Adeje, cuenta la historia, Jonay subía a una montaña, miraba hacia La Gomera y contestaba:

¡Fiu-fiuuu-fiu!

Que quería decir: «Amiga, me acuerdo de ti. Volveré».

¿Y sabes qué pasó? Que la gente de La Gomera, cuando oía esos silbidos, sonreía. Y cuando contaban la historia de los dos amigos, juntaban sus nombres. Gara… y Jonay. Gara-Jonay. ¡Garajonay!

El bosque de la niebla por donde pasearon juntos se llama hoy así: Parque Nacional de Garajonay. Y el pico más alto de La Gomera se llama Alto de Garajonay. Así lo cuenta la leyenda: el nombre del bosque recuerda a dos jóvenes de dos islas distintas, uno del fuego y otra del agua, que se conocieron en una fiesta y aprendieron a hablarse silbando.

Dilo conmigo: Ga-ra-jo-nay. ¡Muy bien!

Si algún día paseas por Garajonay, para y escucha. La niebla hace shhh. Las gotas, plic. La paloma rabiche, si está de buenas, ruuu. Y si tienes mucha suerte, a lo mejor oyes a lo lejos un silbido:

Fiu-fiuuu-fiu.

Puede que sea un pastor. O puede que sea alguien que se acuerda de un amigo que vive al otro lado del mar.

Yo, el Drago, he visto ir y venir muchísimas olas, y te voy a decir una cosa: el agua siempre vuelve. Los buenos amigos, también.

Siete islas, siete historias, una memoria compartida.

Y colorín colorado, este cuento silbado se ha acabado.

¡Fiuuu!

Fin

Nota para familias

Casi todo lo que el Drago cuenta en este libro se puede visitar. Los Chorros de Epina, la laurisilva con sus laureles, la paloma rabiche (que solo vive en Canarias) y el Roque de Agando son reales. El Parque Nacional de Garajonay es Patrimonio de la Humanidad desde 1986. El silbo gomero también existe: es un lenguaje silbado que viene de tiempos antiguos, hoy se enseña en los colegios de la isla y la UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2009. A los niños les cuesta creer que se pueda decir una frase entera con un dedo en la boca; si tenéis ocasión de oírlo en directo, merece la pena.

Gara y Jonay, en cambio, vienen de una leyenda popular que explica el nombre de Garajonay, y no sabemos si existieron. El cruce del mar sobre pieles infladas también forma parte de ese relato. La versión tradicional es triste: los dos jóvenes no pueden estar juntos y la historia acaba mal. Nosotros la hemos contado como un cuento de amistad y de promesa, y nos hemos quedado con lo que más nos gustaba de ella: que un bosque entero lleve el nombre de dos personas que se querían.

Para hablar después, si os apetece:

  1. ¿Cómo se mandaban mensajes Gara y Jonay? ¿Y tú, cómo hablas con alguien que vive lejos?
  2. ¿Por qué crees que en La Gomera la gente aprendió a hablar silbando?
  3. Si tuvieras un amigo en otra isla, ¿qué le regalarías para que se acordara de ti?
Portada del libro para colorear de La Gomera

El libro para colorear de La Gomera

Gara y Jonay se encuentran en la laurisilva.

9,90 €

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